«El viaje es largo, sin duda, para hacerlo a pie, pero el premio lo compensa todo. No olvide usted que lo que está en juego es una clase de supervivencia; ni más ni menos».
Quien así habla es el doctor Daniel Sebastián, personaje central de Volverás a Región, abismado en un largo diálogo en el que se superponen frustraciones, rumores, angustias de fondo y soplos de violencia (el «alimento de la posguerra», como él lo llama).
Quien charla con el doctor es una mujer. Incógnita en su aparición y en sus maneras, ella le ayuda a dar coherencia a una historia que se deshilacha en sus costuras, como esas colecciones de cuentos antiguos en las que ya no importa el desenlace sino el juego de referencias o la digresión, más o menos privada.
Así, por medio de esta encuesta compartida, descubre el lector un drama que se escenificó en los montes de Región, entre cuyos actores, por cierto, figura el hijastro del doctor. Drama que, por vía simbólica, representa el que toda España sufrió en 1936. Y digo por vía simbólica porque esa es la novedad que impone Benet: hablar de nuestra historia reciente fuera de los márgenes consabidos del realismo social.
Lo anterior, qué duda cabe, no agota el argumento, pero da una idea de los derroteros por los que circula esta novela formidable, convertida por muchos en un elemento de ruptura generacional.
Volverás a Región es la obra que consagró a Benet entre los grandes narradores de la moderna literatura española. Ni que decir tiene que la confección de esta novela de estilo entomológico, tan compleja y azarosa, le llevó un largo tiempo. A partir de 1959, Benet vivió en Oviedo. Mientras se ocupaba como ingeniero en la ruta que conduce desde Lugo de Llanera hasta Villabona, completó una novela, Nunca llegarás a nada, que editó en 1960, pagando la edición de su propio bolsillo. Desde 1961, trabajó en León, en la presa del Porma. Y en ese lugar es donde empezó a elaborar la última versión de Volverás a Región. No la publicó hasta siete años después.
La repercusión de esa entrega merece una metáfora: la de la lluvia fina. Vicente Molina Foix, Félix de Azúa, Javier Marías y Pere Gimferrer figuran entre los propagandistas más sinceros —y adelantados— de esta novela excepcional. Al paso de los años, autores como Eduardo Mendoza y Javier Fernández de Castro se sumaron al grupo de admiradores, que ya calificaba la pieza con adjetivos rotundos: original, rompedora, erudita, reveladora, apasionante…
En la actualidad, pocos, muy pocos son los historiadores que no sitúan a esta obra en cabecera de capítulo, en ese lugar reservado a las entregas literarias que, al cabo de un siglo, superarán la purga de la memoria colectiva.
Esta es una versión expandida de un artículo que escribí en el Centro Virtual Cervantes (www.cvc.cervantes.es), portal en la red creado y mantenido por el Instituto Cervantes para contribuir a la difusión de la lengua española y las culturas hispánicas.












































































































