Eterna mortalidad, Walter Scott, traducción de Marta Salís, Alba, Barcelona, 2001, 500 pp.
Walter Scott empezó a publicar sus libros de manera anónima,acaso porque la novela era un género indigno de un sujeto respetable. Incidió en el relato histórico con Waverley, Guy Mannering y El anticuario, pobladas de luchas de religión, reyertas entre clanes escoceses y final consolidación de la Corona británica, legitimada y unificadora del imperio.
En esta línea se inscribe Eterna mortalidad, situada en el siglo XVII y cuya narración se atribuye a un lapidario que recorre cementerios restaurando nombres y fechas: una alegoría de la historia.
Feliz contemporáneo de grandes constructores –Beethoven, Goya, Hegel y ¿por qué no? Bonaparte– Sir Walter es un maestro de la carpintería narrativa, sobre todo por el ritmo que consigue articular entre inmóviles suspenses, rápidas escenas de acción, secuencias dialogadas y descripciones.
La dosificación de la intriga (una sección central de pocos días y un epílogo de relativa rapidez) subraya el arte supremo de este sinfonista del relato.
A la vez, un melancólico celebrador de la providencia, que hace triunfar el bien y reduce el dolor y la dicha de los hombres a un vendaval majestuoso de cenizas al contraluz.
La trama es sencilla: dos muchachos de distinta ideología aman a una chica que a su vez, los admira pero tiene su preferencia sentimental.
Ellos se salvan la vida mutuamente, uno desaparece y es tenido por muerto, en tanto el otro vive para morir en una escena de remate operístico, una suerte de trío concertante (detrás hay un coro, una tropa) marcado Allegro finale.
Admirable es la traducción, concebida en un castellano de evocación decimonónica, enriquecida con un aparato de prólogo y notas que ayudan a comprender la época, a descifrar citas solapadas de las Escrituras o Shakespeare y a dar noticia sobre lugares y objetos locales y pretéritos.
El libro, encuadernado como en los buenos tiempos de Walter Scott.
Copyright del texto © Blas Matamoro. Este artículo fue editado originalmente en la revista Cuadernos Hispanoamericanos. El texto aparece publicado en Cine y Letras con el permiso de su autor. Reservados todos los derechos












































































































