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Berthe Morisot  Berthe Morisot. La pintora impresionista
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El ojo crítico: Borges, Bernstein, Giulini

Leonard BernsteinEn 2002 me reuní con Paz Ramos, directora del programa El ojo crítico, para que me hablase de sus tres experiencias más inolvidables en el campo del periodismo cultural. Aquel día, en ese despacho de Radio Nacional de España, Paz rememoró a tres personajes legendarios.

Desde que El ojo crítico comenzó sus emisiones en Radio 1 allá por 1983, han sido muchos los personajes de la cultura que han pasado por sus micrófonos. En el caso de tu experiencia profesional, imagino que hay algunas figuras que sobresalen muy expecialmente.

Para que sitúes la escena... Verás, yo estaba en Sitges para informar acerca de los encuentros organizados por la Universidad Menéndez Pelayo. Era el 14 de febrero de 1983 y yo había llegado a la ciudad catalana como enviada especial de Radio Nacional de España. Lamentablemente, aunque tenía concertada una entrevista con Borges, su terrible dolor de muelas estuvo a punto de malograr nuestra reunión.

Menuda contrariedad.

Fue María Kodama quien me advirtió de su malestar, pero él accedió finalmente a que yo le plantease mi cuestionario, tan prolijo que aún hoy me sorprende cómo pude ser tan atrevida.

Para mi sorpresa, su generosidad fue memorable. Lo recuerdo tierno, encantador, y quizá por ello me conmovieron especialmente sus reacciones ante la conferencia de prensa que, con mucha menor intimidad, reunió a todos los periodistas que había ido hasta allí.

Situado ante Sánchez Dragó y otros informadores, Borges fue preguntado con insistencia acerca de asuntos políticos, y más en concreto acerca de su posición frente a la dictadura.

Tanto se repitió aquello que el escritor llegó a sentirse muy mal, e inclusó dejó caer alguna lágrima. De ahí que su presencia en aquel foro se convirtiera en una oportunidad perdida, donde no se habló sobre el personaje sino sobre una cuestión polémica, subjetiva, que no aportaba nada a la interpretación de su literatura.

Al ver ese dolor en alguien tan admirado por mí, sentí una tristeza enorme.

Otra leyenda viva a la que conociste fue Leonard Bernstein.

Ocurrió un domingo por la mañana, a una hora muy temprana. Era octubre de 1984 y yo me había trasladado hasta el aeropuerto con el fin de entrevistar a Bernstein, quien llegaba a Madrid para actuar en el Teatro Real, al frente de la Orquesta Filarmónica de Viena.

Aquella era su primera visita a España y yo no quería desaprovechar la oportunidad de hablar con él, así que me dirigí rápidamente a su esposa, la chilena Felicia Ellwood Montealegre, quien me presentó al maestro y propició la conversación.

Intercalando algunas frases en español, Bernstein me comentó la alegría que sentía en ese momento de su carrera.

Como a mí me agrada incluir la emoción personal en las entrevistas, también tuve la suerte de que comentara cuánto significaban sus hijos para él.

Tercera figura de este repaso: Carlo Maria Giulini.

Eso fue bastante después. Le entrevisté en 1996.

Lógicamente, el caso de Giulini no me permite la imparcialidad. Lo admiro con pasión, y así se lo hice saber.

Él reaccionó con simpatía, permitiéndome que le formulara una lista de preguntas muy variada, en la que no faltaron algunas referidas a su intimidad. La razón es que me parecía admirable aquel deseo de acompañar a su esposa, muy enferma, anulando la mayoría de sus compromisos para poder atenderla.

Era una situación conmovedora que, de algún modo, volvió a reflejarse un año después de fallecer su mujer, cuando el maestro regresó a España, para hablar en la Residencia de Estudiantes y dirigir a la Joven Orquesta Nacional de España.

¿Y no crees que se ha perdido cierto tono de respeto en el periodismo cultural?

Vale la pena reflexionar acerca del trato que merecen por estos pagos personalidades de ese calibre.

La crónica social ha derivado hacia un modelo que favorece los chismes y las confidencias. Desde el punto de vista comercial, rige la opinión generalizada de que ése es un producto con un enorme número de consumidores, lo cual anima a los reporteros a cultivarlo. Pero ahí es donde el criterio desaparece, y podemos asistir a situaciones muy desafortunadas, como la protagonizada por una soprano de prestigio a quien se la interrogaba acerca de una reciente separación matrimonial.

No se trata aquí de criticar ese tipo de programas, sino de invocar cierta mesura y buen tono a la hora de abordar los temas. De todas formas, por lo que se refiere a este tipo de programas, no creo que sea conveniente bajar el listón de la exigencia.

La cultura no debiera medirse con los índices de audiencia, y sin embargo los programadores parecen obligados a retirar de la parrilla todo aquello que no es seguido por un amplio número de espectadores. Los ejemplos no escasean; pasó cuando dejaron de emitir obras teatrales en la televisión pública. La razón esgrimida es que no eran vistas por la cantidad indispensable de televidentes.

Al final, una minoría debe soportar de forma permanente espectáculos como el fútbol, sin la posibilidad de recibir programas cuya finalidad sea pedagógica, divulgativa o artística. De ordinario, solemos insistir en que este último ha de ser el propósito de las cadenas públicas. Pero quizá también debamos exigir algo de todo ello a las emisoras y cadenas privadas, pese a que su financiación dependa de la publicidad y, por consiguiente, de los niveles de audiencia.

Aunque estén en juego grandes ganancias, es posible que la calidad sea compatible con el negocio, dado que también existen radioyentes y telespectadores que disfrutan, a un mismo tiempo, de la alta cultura y de programas menos sofisticados.

Recuerdo a Giulini, tan cultivado, profundo, y capaz de gritar desde las gradas del estadio del «Milan», entusiasmado ante la jugada de un futbolista. Sería estupendo que la programación admitiese como oyente modelo a un aficionado al fútbol que también acepta, en mayor o menor medida, los contenidos que llamamos culturales.

Para eso sirve un programa modélico como El ojo crítico.

De tener en cuenta los datos estremecedores que revelan las encuestas –el 95 % de los españoles nunca ha ido a un concierto, el 75 % jamás ha pisado un teatro-, basta para llenarnos de satisfacción el solo hecho de captar a un nuevo oyente, quizá interesado por un libro o por una ópera sobre los cuales hayamos hecho un comentario.

No obstante, desde los inicios del programa, hemos podido comprobar cómo en la radio se le ha ido dando más importancia a la información cultural.

Publiqué la primera versión de este artículo en la revista Cuadernos Hispanoamericanos.


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