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Berthe Morisot  Berthe Morisot. La pintora impresionista
  15 de noviembre de 2011 - 12 de febrero de 2012
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Turandot, la princesa hechizada - Los enigmas son tres, la muerte una

Índice de Artículos
Turandot, la princesa hechizada
Los enigmas son tres, la muerte una
La hija de Turan
Los mil y un días
La farsa de la mandrágora
Turandot y la chinoiserie
Todas las páginas

Los enigmas son tres, la muerte una

La China inmemorial se carga en el libreto de connotaciones negativas. Así lo anuncia un mandarín: “¡Pueblo de Pekín! Esta es la ley: Turandot, la pura, será esposa de aquel de sangre real que resuelva los tres enigmas que ella misma propondrá. Mas quien afronte la prueba y sea vencido… ¡ofrecerá al hacha su soberbia cabeza!”.

¿Quién está destinado a codiciar el favor de la princesa? El joven Calaf, hijo de Timur, el rey destronado de los tártaros que vaga por la Ciudad Prohibida junto a la esclava Liù. El reencuentro de estos tres personajes coincide con el ajusticiamiento del príncipe de Persia. Al pueblo parece fascinarle la crueldad que demuestra Turandot con el último de sus pretendientes (“¡Queremos al verdugo! ¡Rápido, rápido! ¡Que muera!”). Pese a que los tres ministros, Ping, Pang y Pong, intentan disuadir a Calaf (“¡Aquí se estrangula! ¡Se traspasa! ¡Se degüella! ¡Se desuella!”), éste cae bajo el hechizo de la dama y decide someterse a su prueba. El anciano emperador Altoum confia en que el postulante se eche atrás (“Un atroz juramento –le dice– me obliga a ser fiel a un amargo pacto. El sagrado cetro que empuño chorrea sangre”). En obediencia a las reglas que ella misma ha impuesto, Turandot aparece como la sacerdotisa de un culto matrilineal. Sólo esto puede explicar por qué defiende su inaccesible intimidad bajo la excusa de una venganza tan específica.

Las eras se encabalgan: odia al desconocido como si procediera del sótano de Barba Azul, pero utiliza sus facultades para desagraviar la deshonra de su antepasada Lou-Ling. Es más, cuando ese desconocido –ese probable depredador– la domine en el campo de la intuición, la princesa amazona seguirá mirándole el envés de las pezuñas (“¡Hijo del cielo! ¡Padre augusto! ¡No, no arrojes a tu hija en brazos del extranjero!”). En esta parte del cuento, Calaf decide apelar, una vez más, a la naturaleza instintiva de Turandot: si ella averigua su nombre antes del amanecer, él quedará a su merced.

Aflora entonces a la superficie lo peor que la princesa lleva dentro. Por eso es tan significativo que torture a Liù para resolver este acertijo espiritual. Como portadora de la luz, Liù resiste, sin miedo al dolor (“¿Quién puso tanta fuerza en tu corazón?”, le pregunta Turandot. “Princesa, el amor”. “¿El amor?”. “Un amor secreto e inconfesado, tan grande que estos tormentos son una dulzura para mí”).

Según las convenciones del cuento maravilloso, el suicidio de la esclava adquiere un significado pleno. “Sin la muerte –escribe Clarissa Pinkola Estés– no hay lecciones, sin la muerte no hay oscuridad sobre la cual pueda destacar el fulgor del diamante”. El propio Puccini deja clara esta idea en su correspondencia con Adami.

Como ustedes ya saben, viene luego el proceso de humanización de Turandot. Calaf implora ese cambio (“¡Princesa de muerte! ¡Princesa de hielo! ¡De tu trágico cielo desciende ya a la tierra!”), y ella, aunque conoce el nombre del príncipe desconocido, resuelve el enigma por medio de un sortilegio (“Su nombre es amor”) que la libera de su atávico resentimiento.



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