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Berthe Morisot  Berthe Morisot. La pintora impresionista
  15 de noviembre de 2011 - 12 de febrero de 2012
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Grandes simios literarios

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Los primates, según parece, prefieren los nombres más sugerentes. En cierto sentido, la etimología de tales denominaciones adquiere un sabor novelesco, a veces casi legendario.

Por ejemplo, el orangután es llamado así gracias a una voz malaya, orang hutan, que significa hombre del bosque. Otro gran mono antropoide, el gorila, fue bautizado por un almirante cartaginés, Hanón, desplazado en las postrimerías del siglo V a. C. a la costa occidental de África.

Cuenta un desconocido cronista que los hombres de Hanón tuvieron que vérselas con unos aborígenes salvajes a los cuales llamaron gorilas. Seres peludos y poco refinados que, por su escasa cultura y ánimo belicoso, acabaron primorosamente despellejados y convertidos en trofeos de guerra, según refiere con detalle la traducción inglesa de la versión griega (Falconer, 1797), único vestigio de un manuscrito perdido, repleto de promesas de aventura. Lo cual viene a confirmar que incluso en su versión más brutal, nuestros ancestros tenían al mono por un pariente aventajado.

Quizá por ello el cirujano inglés E. Tyson empeñó sus esfuerzos en la disección de un chimpancé, pobre bestia a la cual bautizó Homo sylvestris. Corría el año 1699 y Tyson retrató a su hombre silvestre en posición erecta, bastón en mano, con gesto melancólico.

Con reservas, atribuimos ese desconsuelo del mono al disparatado e interminable título del libro de Tyson: Orang-Outang, sive Homo sylvestris or the anatomy of a pygmie compared with that of a Monkey, an Ape and a Man. To which is added A philological essay concerning the Pygmies, the Cynocephali, the Satyrs and Sphinges of the Ancients. Wherein it will appear that they are all either Apes or Monkeys, and not Men, as formerly pretended.

Digamos de pasada que ni el mono de marras era un orangután, ni el estudio filológico acerca de los pigmeos, los cinocéfalos, las esfinges y los sátiros resultaba concluyente a la hora de convertir a estos seres en primates. En fin, toda una calamidad científica.

Involuntario cultivador del género fantástico, Tyson fue uno de los primeros en transformar al simio en materia de especulación literaria, miembro de una lista donde proliferan primates de toda condición.

Encabeza el inventario un personaje cervantino, el mico adivino de maese Pedro: «Un mono de la más rara habilidad que se vio entre monos, ni se imaginó entre hombres; porque si le preguntan algo, está atento a lo que le preguntan y luego salta sobre los hombros de su amo, y, llegándosele al oído, le dice la respuesta de lo que le preguntan».

Más realista, Hermann Hesse nos da noticia en El orangután (1914) de los hombres de la selva (waldmesch en alemán); unos seres que «podían moverse como personas y como monos, y se sentían tan a sus anchas sobre las ramas de la selva como en el suelo».

Como indica su nombre, los orangutanes de Hesse están a un paso de la civilización: portan armas y se adornan con garras de tigre, colmillos de jabalí, plumas de papagayo y conchas de río. En cierto sentido, son una cultura sincrética que añade sofisticación al sustrato salvaje.

Al cabo, tal es el destino del simio: evolucionar. Eso es, de hecho, lo que implica la etimología de sus distintos apelativos.

Esa humanidad en miniatura que componen las hordas de monos corre el riesgo de caer en la autocomplacencia. Así lo apunta El libro de las tierras vírgenes (1894-95), de Rudyard Kipling, donde la serpiente Kaa tilda a los simios de «vanos, locos y charlatanes».

Esta descripción queda confirmada por el canturreo de la manada, pomposo y alocado: «Somos grandes; somos libres; somos admirables. Somos el más admirable pueblo que hay en toda la Selva. Todos lo decimos, y, por lo tanto, no puede menos de ser verdad».

Ignoramos si Kipling habla de monos cuando quiere, por reducción, hablar de hombres. Lo cierto es que, al explotar las posibilidades humanas de los simios, el autor induce a la perplejidad y, si bien Mowgli no pertenece a la horda, su faceta de primate sale a relucir en más de una página.

Por analogía con los seres humanos, nos atreveríamos a decir que los monos enjaulados que dibujó el grabador alemán Juan Adam Klein a fines del siglo XVIII son la caricatura de un preso.

Este planteamiento vale tanto si nos referimos a sátiras como si practicamos ecologismo de salón, dotando a la bestia de virtudes morales. A decir verdad, este horizonte debió de influir en el ánimo del alemán Enrique Kuhl (1799-1821) a la hora de redactar su Monografía de los monos, y también tuvo que repercutir en la obra más conocida del francés Pierre André Latreille (1762-1833), Historia natural de los monos.

Apurando el mito del buen salvaje, la idea del simio como duende benéfico, guardián de la espesura, fue intuyéndose a medida que se comprobaba la mansedumbre de ciertas especies, como el gorila y el orangután.

Se trata, claro está, de un estereotipo literario impuesto en el siglo XX, sugerido por Robert Mearns Yerkes (1876-1956) en La mente del gorila (1927) y Los grandes monos (1929), y confirmado luego en las investigaciones de George B. Schaller y Dian Fossey.

Ante semejante propuesta, la impresión del lector suele ser emotiva: el gorila de montaña es un grandullón vegetariano y relajado, deseoso de afecto como si fuera un magnífico peluche.

Por múltiples razones, la voz gorila es más temible cuando, de forma coloquial, se emplea para aludir a seres humanos, en particular a aquellos más corpulentos, contratados con fines defensivos o bruscamente ofensivos.

Esta es una versión expandida de un artículo que escribí, bajo seudónimo, en el Centro Virtual Cervantes (www.cvc.cervantes.es), portal en la red creado y mantenido por el Instituto Cervantes para contribuir a la difusión de la lengua española y las culturas hispánicas.


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