
Durante la primera mitad del siglo XX persiste en España un tipo de manual que ya había mostrado sus virtudes pedagógicas durante la centuria precedente: el tratado de composición, en extremo útil para enseñar a los niños las artes de la escritura.
Naturalmente, el núcleo de estas obritas eran los ejemplos entresacados de la literatura ibérica. Por eso puede hablarse de un repertorio, producto de los fervores académicos, que permitía a los alumnos hacerse una idea de los modos y maneras de afrontar con mérito la página en blanco.
Con el fin de ejemplificar esta fórmula de enseñanza, vamos a recurrir a un dicho que antaño fue muy frecuentado en tiempo de exámenes: A Dios rogando y con el mazo dando. Y extraemos su glosa de un ejemplar, ya deteriorado por el paso de las décadas, del Tratado elemental de composición literaria o Arte de componer en lengua española (Parte 2.ª, Grados 3.º y 4.º, Madrid, Ediciones Bruño, s. a.).
Incluye este libro un fragmento de Juan de Mal Lara, con casi total seguridad tomado de su Philosophia vulgar (Lérida, 1621):
«Obliga la razón —escribe el erudito—, cuando hubiéramos de hacer algo, pongamos luego delante la memoria del Señor, a quien debemos de pedir, y tras de esto la diligencia, no esperando milagros nuevos; ni quedándonos en una pereza inútil con esperar la mano de Dios, sin poner algo de nuestra parte, pensemos que se nos ha de venir todo hecho».
Por añadidura, ¿no es éste un argumento que cabría aplicar más allá de la creencia profesada o incluso negada? Al fin y al cabo, también solicitamos que el aire más propicio sople a nuestro favor gracias al destino o la suerte, los cuales no son otra cosa que sustitutos, más o menos afortunados dialécticamente, de la providencia entendida a partir de la óptica religiosa más heterodoxa.
Una vez aclarado este punto que hace aplicable el refrán universalmente, cabe compartir con el filósofo la idea de que, si bastase con el ruego de índole sobrenatural, no serían precisos los oficios, las artes y sus instrumentos.
Se trata, también en esta perspectiva de la religiosidad barroca, de no pensar que el Todopoderoso favorece a quien «lo toma por amparo en medio de la ociosidad, teniendo aparejo para rogar a Dios, en tanto que no va dando con el mazo en la obra, pues que Él encargó el trabajo de las manos; conviene que el hombre junte la industria con la piadosa oración».
Aunque interpelados por esa invitación al trabajo y a sus gozos —dicho sea sin ironías, por más que la holganza sea un anhelo legítimo—, nos interesa de forma muy especial el modo en que Juan de Mal Lara describe los orígenes de esta expresión:
«Dicen que un carretero llevaba un carro cargado y que se le quebró en el camino por donde venía San Bernardo, a quien se llegó, por la fama de su santa vida que hacía, y rogole que Dios por su intercesión le sanase el carro. El santo dicen que le dijo: Yo lo rogaré a Dios, amigo, y tú, entre tanto, da con el mazo. Otros dicen que fue el dicho de un entallador, que había de hacer ciertos vultos (caras), y con “Dios quiera que se hagan”, no ponía la mano en ellos, hasta que le dijo su padre: A Dios rogando y con el mazo dando».
Esta es una versión expandida de un artículo que escribí, bajo seudónimo, en el Centro Virtual Cervantes (www.cvc.cervantes.es), portal en la red creado y mantenido por el Instituto Cervantes para contribuir a la difusión de la lengua española y las culturas hispánicas.































































































