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Berthe Morisot  Berthe Morisot. La pintora impresionista
  15 de noviembre de 2011 - 12 de febrero de 2012
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A la chita callando

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Desde el punto de vista etimológico, hay pocos ejercicios comparables, cuando menos en su intriga e interés, a la apreciación de locuciones adverbiales como a hurtadillas, a troche y moche o en un santiamén. La misma emoción sirve para enfrentarse a los orígenes de la fórmula a la chita callando, que en tierras americanas tiene su equivalente en la expresión a la gachapanda.

 Con evidente gracia, decimos a la chita callando cuando alguien acomete una acción de forma disimulada, con mucho secreto, en silencio, sin ser notado. Hay otros modismos que, como ahora veremos, pertenecen a la misma familia.

Por ejemplo, dar en la chita, que significa dar en el hito, comprender o acertar el punto central de un problema. Aún hay más: No dársele a alguien dos chitas de una cosa equivale a no importarle un bledo. Por esta vía desdeñosa, no importar o no valer una chita adquiere ese mismo significado.

Un chiticalla es una persona muy callada, prudente y reservada, que no descubre ni revela lo que ve, y asimismo, algo que se desea esconder o reservar en silencio.

Los chilenos exclaman ¡Por la chita! cuando quieren mostrar asombro o enfado.

Finalmente, tirar a dos chitas quiere decir «hacer a dos partes, poner la mira o pretensión a dos cosas». ¿Pero en qué consiste esa chita que, a este paso, se convierte en un argumento familiar?

Sebastián de Covarrubias, en su Tesoro de la lengua castellana o española (1611), describe chita como «el hueso del carnero o de la vaca, de la cuartilla del pie, que otros llaman hita, del verbo figo, -gis, porque la hincaban en el suelo».

Añade Covarrubias: «Los muchachos ponen una hincada en la tierra y otra encima, y tiran a derrocarla». En 1970, la RAE definió la misma voz como «astrágalo, hueso del pie», y también como «juego que consiste en poner derecha una chita o taba en sitio determinado, y tirar a ella con tejos o piedras; el que la derriba gana dos tantos, y el que da más cerca, uno».

Entre juegos y pasatiempos, Francisco Rodríguez Marín confirma en Cantos populares españoles (1951) que el vaivén de las chitas originó el modismo que nos ocupa.

Está de acuerdo Julio Cejador, que en su Tesoro de la Lengua Castellana. Silbantes primera parte (1912) comenta: «Chita es la taba con que juegan los muchachos, y el palito, bolillo o hueso sobre el que se colocan monedas y se tira con tejos, desde cierta distancia, a tumbarlo, ganando el [tejo] que queda más cerca del dinero que cayó».

Otro estudioso de los dichos, José María Iribarren, se demora en la lectura de Cejador y Rodríguez Marín para luego entrever a un jugador ideal de la chita: un eficaz tanteador que sin escándalo ni ruido consigue lo que desea.

Esta es una versión expandida de un artículo que escribí, bajo seudónimo, en el Centro Virtual Cervantes (www.cvc.cervantes.es), portal en la red creado y mantenido por el Instituto Cervantes para contribuir a la difusión de la lengua española y las culturas hispánicas.


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