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Berthe Morisot  Berthe Morisot. La pintora impresionista
  15 de noviembre de 2011 - 12 de febrero de 2012
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Andarse de picos pardos

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Cuando Estebanillo González nos cuenta su vida y hechos, ejerce como bufón del general Ottavio Piccolomini, duque de Amalfi, gobernador de los Estados de Flandes.

Según figura en su escrito (1646), quiere Estebanillo dedicarse al negocio del juego, y con esa ambición, repasa una autobiografía en la que andarse de picos pardos equivale a un anhelo aventurero. El lector contemporáneo, al toparse con ese dicho, ha de añadir un punto de picardía a la expresión de Estebanillo. Mas no es el caso. Como veremos, la frase tiene su razón de ser en una disposición legal que no tiene en cuenta nuestro divertido relator.

El eufemismo —porque de eso se trata— Andar o ir de picos pardos equivale a ir de juerga o buscando diversión; entregarse a cosas inútiles o torpes e ignorar las útiles y provechosas, con el único fin de no trabajar. Probablemente pensaba en esto don José María Carnerero, aquel noble escritor del siglo XIX que estrenó la comedia El marido en picos pardos (1830). Teniendo en cuenta la fecha de la pieza, podemos creer que sus picos pardos traducen una diversión carnal y decadente, ignorada por la gente de firmes principios morales.

¿Por qué aludimos en este punto a un pasatiempo voluptuoso? Responde a la duda una prenda: el manto con extremos de color pardo y el jubón con picos del mismo color.

Escuchemos a Luis de Montoto y Rautenstrauch, quien menciona ese paño en Un paquete de cartas de modismos, locuciones, frases hechas, frases proverbiales y frases familiares (1888). Al decir de don Luis, los picos pardos distinguieron en otro tiempo a las mujeres de vida airada, a las mozas de partido, descarriadas de la senda de la inocencia.

En épocas pasadas, nos cuenta, estas señoras «tenían que vestir como se les ordenaba. Según las Ordenanzas de la Casa Pública de Sevilla, no habían de usar vestidos talares, ni sombrillas, ni guantes, sino una mantilla para los hombros, corta y encarnada». En suma, algo así como un uniforme, un atavío en regla con el que dar a conocer, sin confusión, su oferta indecorosa y relajada.

Esta es una versión expandida de un artículo que escribí, bajo seudónimo, en el Centro Virtual Cervantes (www.cvc.cervantes.es), portal en la red creado y mantenido por el Instituto Cervantes para contribuir a la difusión de la lengua española y las culturas hispánicas.

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