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Berthe Morisot  Berthe Morisot. La pintora impresionista
  15 de noviembre de 2011 - 12 de febrero de 2012
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Con la fuerza de un tifón

William_kanagawa

El mar, escribía Álvaro Cunqueiro, es mucho más complejo, en su realidad y en su fantasía, que todo lo que podamos imaginar desde tierra firme.

Para el viejo Simbad, Ulises y otros personajes recreados en su obra, el inmenso remolino del océano, la espuma desconocida y el fragor de las aguas son retos que desafían a los hombres libres. En el viento, en el oleaje, todo hace suponer que tales criaturas de ficción no distan mucho en su pensamiento de los pilotos y pescadores de antaño. Ignorantes de esa realidad proteica que hoy englobamos en la climatología, se ve que estos antiguos marineros encarnaron en el mito algunos de los ciclos meteorológicos más comunes, lo cual no dejó nunca de crear discordia entre sus certezas, que eran muchas, y sus supersticiones, que igualaban en número a aquéllas.

Toda esa zozobra puede condensarse en una fórmula: al ser el misterio una presencia constante en la marea y en el rumbo de los vientos, convenía descifrar su pauta mediante un código equidistante de lo sagrado y lo técnico. Nada más natural, por esto, que dar a un dios el mismo nombre que recibe una tromba marina: Tifón. A él van dedicadas estas líneas.

Tomamos la vigésima primera edición del DRAE (Madrid, Espasa-Calpe, 1992) para comprobar que dicha palabra proviene del latín, tiphon, vocablo que a su vez forma parte de la herencia griega.

Luego afinaremos más las coordenadas de este origen, pero antes detengámonos un momento para leer las dos acepciones que aporta el diccionario citado: «Huracán en el mar de la China» y «Manga, tromba marina». Esto último, por cierto, era propio de aquel endriago colosal, Tifón, cuya testa rozaba el cielo. Hijo de Gea y el Tártaro, el monstruo de quien hablamos ha sido en algún caso tomado por hijo de Hera.

Para completar la biografía de esta criatura, Ramón Joaquín Domínguez, en el Diccionario nacional o Gran diccionario clásico de la lengua española (Madrid-París, Establecimiento de Mellado, 1853) explica que «era extremadamente horrible, tanto que cuando se reunió a los demás gigantes para destronar a los dioses les causó un temor tal que huyeron despavoridos. Júpiter lo precipitó en el Etna».

Por otro lado, el tema de su fuerza y engreimiento nos lleva a evaluar esos torbellinos de aire caliente que forman los auténticos tifones. A saber: el ojo de la tempestad, la tromba marina, huracanes capaces de devastar ferozmente la costa sin dejar tras de sí más que dolor y resignación. A la vista de tal ruina, merece la pena recordar a Cunqueiro una vez más: Dios tiene sujeto a Leviatán, lo que no impide su ira y sus desastres.

Movidos por una inclinación etimológica que compartimos, Henry Yule y Arthur C. Burnell, en su Hobson-Jobson. The Anglo-Indian Dictionary (1886; reeditado en 1996 por Wordsworth Editions Ltd. a partir de la versión de 1902), exploran las vicisitudes de esta palabra.

Por el camino, mencionan a Sir John Barrow, quien no dudó en ridiculizar a aquellos sabios anticuarios que describían el modo en que los chinos tomaron la palabra del egipcio typhon, creando así la voz ta-fung, ‘gran viento’. (Inciso: el DRAE de 1899 subraya en su etimología la voz taī fong, ‘viento fuerte’).

Domínguez, a cuya sabiduría acudíamos más arriba, añade que este Tifón de las pirámides es «el principio del mal y de la destrucción. Suponíanle los egipcios hijo de Atis y esposo de Neftis; tenía establecida su morada en el mar».

Como detalle curioso, no viene mal mencionarlo, aunque preferimos repetir una doctrina muy extendida: los pilotos portugueses llamaron tufão al mismo fenómeno que los árabes denominaba tūfān: ‘la inundación’. Con gran probabilidad, ese venero arábigo es el que también aprovecha nuestro vocabulario.

Al menos así lo defiende María Moliner (Diccionario de uso del español, Madrid, Gredos, 1998), quien menciona tal origen árabe en su definición de esta columna de agua, poderosa y arrogante, que se eleva sobre el mar con movimiento giratorio.

Esta es una versión expandida de un artículo que escribí, bajo seudónimo, en el Centro Virtual Cervantes (www.cvc.cervantes.es), portal en la red creado y mantenido por el Instituto Cervantes para contribuir a la difusión de la lengua española y las culturas hispánicas.


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