
Lo patente en un idioma como el español, difundido en lejanísimas fronteras, es cómo pone en juego su relación con las lenguas de las tierras adonde llegó en tiempos históricos.
Este ajuste en la vorágine del habla da paso a la carga semántica, inspira nuevos dispositivos y, en esa infiltración por ósmosis, cede la iniciativa a los vocablos fronterizos. Dispuestos a desentrañar algunos mecanismos de este proceso, Antonio Quilis, Celia Casado-Fresnedillo y María José Quilis-Sanz estudiaron sus repercusiones en el escenario filipino.
Al decir de estos analistas, si bien el español no alcanzó a ser el idioma común de aquel archipiélago, la hispanización se extendió a lo largo de tres centurias e impregnó las lenguas indígenas, lo cual dio lugar a un ciclo notable de fenómenos lingüísticos, «tanto en ellas como en el español hablado en aquel lejano oriente hispánico». De su pesquisa cabe deducir que el nivel de la lengua más impresionado fue el léxico.
¿Razones? Lo cierto es que los préstamos circularon en las dos direcciones, «con cambios a veces, tanto en el significante, como en el significado». De ahí que un alto número de hispanismos enriqueciera las lenguas autóctonas. No se olvide que «aún hoy es español el 20,4 % del léxico activo de los tagalos y el 20,5 % de los cebuanos» («Los filipinismos y otras palabras de Filipinas contenidas en el Diccionario de la Academia», separata del Boletín de la Real Academia Española, tomo LXXVII, cuaderno CCLXX, Madrid: Imprenta Aguirre, enero-abril de 1997).
Dentro de los planes de Quilis, Casado-Fresnedillo y Quilis-Sanz destacaba la intención de comprobar si los filipinismos que figuran en el Diccionario de la Real Academia Española todavía son empleados en Filipinas y en qué medida.
Con ese fin, realizaron dos encuestas y consultaron una extensa bibliografía, de la cual podemos entresacar un valioso trabajo de W. E. Retana, el «Diccionario de filipinismos, con la revisión de lo que al respecto lleva publicado la Real Academia Española» (Revue Hispanique, LI [1921], pp. 1-174). El filipinismo que hemos escogido para justificar estas líneas es paipay, una palabra conocida por el 67 % de los informantes locales que participaron en el mencionado estudio. Invirtiendo el sentido de la búsqueda, sería interesante comprobar el porcentaje de hispanohablantes que intuye el linaje tagalo de dicha voz. En clave etimológica, es notable la descripción de Retana: «1. Hoja del burí. 2. Trozo de esta misma hoja, recortada en forma circular y con su tallo correspondiente por donde se toma para usarlo a manera de abanico» (ídem, p. 39).
La Real Academia Española, en la vigésima edición del Diccionario de la lengua española (Madrid: Espasa-Calpe, 1984) describe el paipay como «Abanico de palma en forma de pala y con mango, muy usado en Filipinas, y a su ejemplo en otras partes. Plural, paipáis».
En una segunda secuencia, surge una duda menor, que atañe a los artesanos: ¿es la palma el exclusivo material del paipay? Para saberlo, consultamos a doña María Moliner, quien nos habla del paipay o paipái como un «abanico de palma, en forma de pala, con un mango», añadiendo una segunda acepción: «El que tiene esa forma, hecho de cualquier material» (Diccionario de uso del español, Madrid: Editorial Gredos, 1998).
Así, pues, podemos llamar de ese modo a un sinnúmero de abanicos veraniegos, confeccionados con materiales tan poco exóticos como la tela, el papel e incluso el más trivial de los plásticos. En todos ellos, a pesar de su humildad, hemos de apreciar un rasgo filipino que retoma viejos lazos en el protocolo de la lengua.
Esta es una versión expandida de un artículo que escribí, bajo seudónimo, en el Centro Virtual Cervantes (www.cvc.cervantes.es), portal en la red creado y mantenido por el Instituto Cervantes para contribuir a la difusión de la lengua española y las culturas hispánicas.































































































