
Si traigo esta voz a colación no es por azar ni por una preferencia literaria convertida en disculpa a secas, sino porque, entre otras tantas lecturas, admití unas páginas de Menéndez Pidal que hablaban, con la profundidad y el estilo claro que le eran peculiares, acerca de los conceptistas y su criatura poética.
Desde luego, no soy un experto en la mencionada corriente, y si me apuran, probablemente lo sea menos que muchos lectores con cierta experiencia en sondeos de esta índole.
No obstante, voy a parafrasear a don Ramón, pues a partir de los rituales de varios literatos, el sabio aprovecha para reflexionar sobre una cuestión etimológica tan ardua como la que atañe a la palabra conceptismo.
A modo de punto de partida, insiste el estudioso en que dicha voz no entró en los diccionarios hasta el siglo XIX.
La comprobación se impone, y ciertamente, si consultamos el Suplemento al Diccionario de la Real Academia Española de 1884 hallamos la definición que conviene al caso: «Estilo propio de los conceptistas». Interesado por tales personalidades, Elías Zerolo cifra una estrecha correspondencia entre dicha etiqueta y el barroquismo estilístico de quienes la lucen.
Así, leemos en su Diccionario enciclopédico de la lengua castellana (París, Garnier Hermanos,1895) que el término conceptista «aplícase a la persona que abusa del estilo conceptuoso, o emplea conceptos alambicados». Por la misma senda, la Academia, en su Diccionario de 1899, definió el conceptismo como «secta, doctrina literaria o estilo de los conceptistas».
A modo de confidencia para filólogos e historiadores de lo literario, Menéndez Pidal se remonta al siglo XVII para añadir que los conceptistas, en tono de mofa, eran vistos como «gente muy dada a expresarse en conceptos, pero no se los miraba como escuela o secta cerrada que mereciese atraer la atención de la crítica».
La razón no es otra que el concepto no era visto como un elemento propio de un cierto estilo, sino como un detalle esencial de toda creación literaria, bien fuera ésta poética o prosística.
Para ilustrar la afirmación, añade el historiador dos citas. La primera es de Lope de Vega y procede de su Laurel de Apolo, donde leemos:
«que es la Poesía
un arte que, constando de precetos,
se viste de figuras y concetos».
La segunda es de Quevedo, y en ella se advierte cómo éste se ríe a gusto de los poetas por componer una «seta infernal de hombres condenados a perpetuo conceto». (Ni que decir tiene que preceto y conceto son palabras que nos suenan más eufónicas con su moderna ortografía).
De todo esto podemos derivar la conclusión a la cual nos conduce Menéndez Pidal, y es que, a efectos prácticos, concepto se despoja de su primer significado —«concepción del entendimiento, pensamiento en general»— para adquirir el que hoy mejor le conviene —«pensamiento breve y hermosamente expresado»—. Y así lo matiza el ensayista: eso que modernamente llamamos «conceptismo (innominado en el siglo XVII), es el predominio de la agudeza conceptual, a diferencia del culteranismo, en que predomina la agudeza de la ‘frase relevante’, diremos también con Gracián» (La lengua castellana en el siglo XVII, Madrid, Espasa-Calpe, 1991, pp. 110-111).
Esta es una versión expandida de un artículo que escribí, bajo seudónimo, en el Centro Virtual Cervantes (www.cvc.cervantes.es), portal en la red creado y mantenido por el Instituto Cervantes para contribuir a la difusión de la lengua española y las culturas hispánicas.































































































