
El deseo de salir del círculo del insomnio ha empujado al ser humano hacia los territorios de la rutina.
El ligero vaivén, la nota que recurre, la frase sobria y repetitiva; estribillos que aburren y que, por consiguiente, relajan. En esta recurrencia, los niños prefieren las nanas y los cuentos conocidos. Pero eso no vale para los adultos, condenados a subir esta empinada escalera del sopor mediante fórmulas menos agradables. Hay quien desgrana números pares. Otros, prefieren imaginarse en un pasillo acogedor. Y los más numerosos, cuentan ovejitas, lanudas y obedientes, idénticas, monótonas y estilizadas hasta sus trazos esenciales.
El dicho más bien parece una receta. Quien no lo precisa en su duermevela, prefiere cambiarle el sentido, forzando la broma. De ahí que un personaje de verbo reiterativo y tirando a soso merezca esta acusación proverbial: Ése duerme a las ovejas.
Al margen del arrullo que implica esta actividad, contar ovejas sirve para recobrar una antigua fábula, simple y recurrente. En realidad, dicho modismo parte de ese tipo de cuentos cuya trama se enrosca sin fin, aparentemente nimios pero inacabables por naturaleza. El mejor de los ejemplos proviene de Cervantes, quien alude a este relato de esencia pertinaz en el Quijote (Primera parte, capítulo XX). Caballero y escudero, agotados por la peripecia, precisan un momento de calma.
«No hay que llorar —respondió Sancho—; que yo entretendré a vuestra merced contando cuentos desde aquí al día, si ya no es que se quiere apear y echarse a dormir un poco sobre la verde yerba, a uso de caballeros andantes, para hallarse más descansando cuando llegue el día y punto de acometer esta tan desemejable aventura que le espera».
Con esta promesa, don Quijote se ve atrapado en el cuento, cuyo principio sedante actúa por pura insistencia. «Digo, pues —prosiguió Sancho—, que en un lugar de Extremadura había un pastor cabrerizo, quiero decir que guardaba cabras, el cual pastor o cabrerizo, como digo de mi cuento, se llamaba Lope Ruiz; y este Lope Ruiz andaba enamorado de una pastora que se llamaba Torralba; la cual pastora llamada Torralba era hija de un ganadero rico; y este ganadero rico…». Seamos sinceros: más que admirable, la narración de Sancho es letárgica. Una dudosa virtud que, por afinidad, fundamenta el origen de nuestro modismo de hoy.
Antes de Cervantes, ya prosperó esta familia de relatos. José Luis García Remiro considera, entre los más tempranos, aquél que lleva por título Ejemplo del rey y su fabulista, incluido en la Disciplina clericalis del judío aragonés Pedro Alfonso (Moisés Sefardí, bautizado en 1106). En dicho cuento, las ovejas cruzan un río por parejas, con intolerable automatismo. Cómo será la rutina de estos animalitos que, sin llegar a un desenlace, el propio fabulista entrecierra los ojos y cae felizmente dormido.
Esta es una versión expandida de un artículo que escribí, bajo seudónimo, en el Centro Virtual Cervantes (www.cvc.cervantes.es), portal en la red creado y mantenido por el Instituto Cervantes para contribuir a la difusión de la lengua española y las culturas hispánicas.































































































