Cine y Letras

Berthe Morisot  Berthe Morisot. La pintora impresionista
  15 de noviembre de 2011 - 12 de febrero de 2012
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El agua y el léxico de los pintores

William_kanagawa

Agradezcamos las voces del gremio artístico, y no sólo por servirnos para describir emociones recónditas, sino por su colorido y expresividad. Situados frente al caballete, vamos a ocuparnos hoy de palabras que vibran sobre una superficie acuática. Palabras que llevan el agua en su raíz, y que utilizamos para describir materiales y procedimientos que también incorporan ese componente a su química particular.

Con justificada humildad, encabeza este inventario alquímico el aguacal. Las gentes del sur saben en qué consiste: se trata de una lechada de cal a la que se añade cierta cantidad de yeso, utilizada para enjalbegar.

Mucho más sutil es la aguada, definible como la tintura que se aplica a una pared con el fin de atenuar el blancor del enlucido de yeso. La aguada también es un procedimiento emparentado con la acuarela.

En este caso, los colores se diluyen en agua o con goma, miel o hiel de vaca clarificada. Por consiguiente, en la pintura a la aguada el tinte queda muy diluido y admite su posterior combinación con trazos de lápiz, plumilla o pincel.

A grandes rasgos, se ve que la aguada recibe este calificativo cuando se emplea un solo colorido. Como los practicantes de este método suelen recurrir a colores espesos, tienden a obtener tonos opacos, y así queda de manifiesto en las aguadas que iluminan los misales medievales.

El aguagoma es una disolución acuosa de goma arábiga, empleada por maestros y aficionados para desleír adecuadamente los colores, y obtener de ellos reciedumbre y lustre.

Otro procedimiento de mérito es el aguazo, consistente en pintar con aguadas un lienzo sin aparejo.

Dentro del universo de la estampa se incluye la fórmula de la aguatinta, un grabado con plancha de cobre que reproduce los matices y texturas del dibujo lavado. Este efecto pertenece al dominio del aguafuerte, procedimiento de grabado en hueco sobre metal que exige destreza y paciencia a partes iguales.

En este caso, el artista traza su dibujo con una punta de acero sobre una plancha protegida con un barniz de singular composición. Posteriormente, la plancha queda sumergida en ácido nítrico. Éste es, en sentido químico y metafórico, el «agua fuerte» que corroe el surco grabado, revela las intenciones del dibujante, y al fin, permite la adherencia de la tinta que luego ha de trasladarse al papel por medio de la estampación.

Al igual que los pintores, concluimos nuestra tarea disolviendo tinturas, limpiando los pinceles y eliminando incómodas manchas de óleo de nuestras manos.

Para ello, recurrimos precisamente al aguarrás, un producto cuya etimología latina es inequívoca: aqua (agua) y ras de rasis (la pez). No hay duda de que, gracias a este destilado de la trementina, disolvemos con la misma eficacia los errores y los lamparones, los descuidos y la suciedad inevitable y acaso paradójica que implica la práctica de las artes.

Esta es una versión expandida de un artículo que escribí, bajo seudónimo, en el Centro Virtual Cervantes (www.cvc.cervantes.es), portal en la red creado y mantenido por el Instituto Cervantes para contribuir a la difusión de la lengua española y las culturas hispánicas.


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