Cine y Letras

Berthe Morisot  Berthe Morisot. La pintora impresionista
  15 de noviembre de 2011 - 12 de febrero de 2012
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El canto del cisne

William_violin

En términos biológicos, la inmortalidad es un deseo insostenible. No sucede lo mismo en clave poética.

El artista no quiere doblegarse a las circunstancias de la edad, y crea su obra con independencia del calendario. A última hora suele entregar una pieza destilada de su talento, síntesis de experiencias y resumen de lo que nunca llegará a brindarnos en carne mortal. A esa entrega solemos aplicarle, a veces con indisimulada cursilería, un rótulo popular: el canto del cisne. Esta es una costumbre muy frecuentada por los hispanos: y es que a los creadores, cuando marchan al Otro Barrio, vale la pena elogiarles sin recato e incluso con desvergüenza. Baste para demostrarlo la lectura de cualquier necrológica.

Curiosamente, el origen de la frase admite un rastreo sociológico. Por lo visto, los maleantes de antaño llamaban cisne al potro de tortura. En la misma jerga, el canto del cisne alude a las confesiones que un condenado proclamaba durante el tormento, poco antes de ser ajusticiado.

Más de un etimólogo rubrica esta explicación, pero es preferible dar al tema un barniz menos sombrío. No en vano, la idea de que los cisnes cantan a manera de última despedida tiene algo de efusión lírica. De ahí que convenga situar en un segundo plano los versos de Quiñones de Benavente: «Cisne llama al que confiesa, / que para morirse canta».

José María Iribarren hojea los escritos de Leonardo Da Vinci, y halla una nota que dice así: «El cisne es blanco, sin ninguna mancha, y canta dulcemente antes de morir». La descripción es bella, desde luego, pero también supone una falsedad zoológica, denunciada desde tiempos antiguos.

El Padre Feijoo, atento a tales supercherías, quiso poner las cosas en su sitio: «Que el cisne canta estando próximo a la muerte afirman muchos autores; niéganlo otros (…) Los autores del Diccionario Universal de Trevoux afirman que todo lo que se dice del canto del cisne es un error popular. Yo también creo lo mismo».

Lamentablemente, el realismo del famoso benedictino disgusta a los poetas, que prefieren soñar con embelecos y seductoras falsificaciones. Un estudioso del tema, García Remiro, recoge un censo de escritores que han optado por imaginar al cisne a la manera que Góngora describe: «Como el blanco cisne / que envuelta en dulce armonía / la dulce vida despide».

Así, entre los autores citados por dicho analista se incluyen los siguientes: Platón, en Fedón o Del alma, Ovidio en sus Metamorfosis, Covarrubias, que reitera líneas de Marcial y Ovidio, Luis Vives en Diálogo sobre la educación, Cervantes en La elección de los alcaldes de Daganzo, López de Úbeda en la introducción a La pícara Justina, Lope de Vega en La estrella de Sevilla y en Las bizarrías de Belisa, Tirso de Molina en La joya de las montañas, Calderón de la Barca en La desdicha de la voz, Gracián en El Criticón y Francisco Santos en Periquillo el de las gallineras.

La lista, quién lo duda, se enriquece al mismo tiempo que prospera la vieja superstición.

Esta es una versión expandida de un artículo que escribí, bajo seudónimo, en el Centro Virtual Cervantes (www.cvc.cervantes.es), portal en la red creado y mantenido por el Instituto Cervantes para contribuir a la difusión de la lengua española y las culturas hispánicas.


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