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Berthe Morisot  Berthe Morisot. La pintora impresionista
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Gramática parda

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Los diccionarios abundan en explicaciones sobre esta peliaguda materia. Ya en 1791, la RAE difunde que se llama gramática parda a «la ciencia natural que tiene el hombre que no ha sido educado, y con la cual discurre en sus negocios, de suerte que no se deje engañar».

No es picardía ni desconfianza condimentada con prisa. Es, realmente, una habilidad para conducirse en la vida y para quedar a salvo o con ventaja en circunstancias comprometedoras. Lo supo entender Fernán Caballero, para quien el asunto se limitaba a tres principios: ver venir, dejarse ir y tenerse allá.

Una vez entendido su significado, vayamos al origen del modismo. Si parda es dicha gramática es porque este fue, en un tiempo lejano, el color de los menos favorecidos por la fortuna. Incluso Covarrubias lo reitera.

La vestimenta parda era propia de gente humilde. Por eso, ciertos escritores, con un falso sentido popular, acumularon sus ocurrencias como si estas fueran dichas por boca de un campesino, un chamarilero o un pardillo.

Prejuicios de la época, se entiende. Al cabo, esta fórmula se generaliza durante un periodo en el que el orden de la sociedad era estamental, y no sorprende que hoy esta gramática parda esté en desuso. Como se sabe, la modernidad facilita este tipo de felicidades al ciudadano.

A los bibliómanos, no obstante, les gustará buscar una pieza festiva de José Martín Ramos (1892-1974), hijo del escritor Miguel Ramos Carrión, autor de sainetes y responsable de la comedia que nos interesa, Gramática parda (1916). En ella triunfa el ingenio del pueblo, envuelto con las ocurrencias que vienen al caso. El mismo título, por cierto, también lo usó Juan García Hortelano (1928-1992) para rotular el libro con el que obtuvo el Premio de la Crítica en 1983.

Aniceto de Pagés, en su excelente diccionario (1914), explica qué cosa es la gramática parda citando a Miguel Mir: «Por esto otros más adelantados en gramática parda echan por otro atajo». Es buena idea que Pagés también recurra a José María Sbarbi, quien no escatima elogios: «estos labriegos tienen una gramática parda que vale más que la que yo aprendí y estoy enseñando».

Acaso la mejor glosa de esta materia se la debamos a Luis de Montoto y Rautenstrauch. En su libro más divulgado, Un paquete de cartas de modismos, locuciones, frases hechas, frases proverbiales y frases familiares (1888), el sabio se pregunta por los orígenes de esa agudeza que presentan algunos iletrados. «Creo yo —escribe— que las reglas de esa gramática las dictaron la malicia y la picardía del ignorante, que, por serlo, de todo desconfía y en todo ve un peligro; y, por tanto, que la habilidad natural con que algunos indoctos se manejan no es la gramática, y sí, a lo sumo, el gramático que la redactó».

Esta es una versión expandida de un artículo que escribí, bajo seudónimo, en el Centro Virtual Cervantes (www.cvc.cervantes.es), portal en la red creado y mantenido por el Instituto Cervantes para contribuir a la difusión de la lengua española y las culturas hispánicas.

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