
Sólo un pintor que se sienta muy seguro de su expresión se tomaría la libertad de ofrecer a su público una bambochada.
Como veremos, esta producción artística administra detalles de sátira y picardía, subordinados a un tema general que no es demasiado honorable. Para comprender los matices del asunto, echaremos mano de la definición escrita por Esteban de Terreros y Pando, en su Diccionario castellano con las voces de ciencias y artes y sus correspondientes en las tres lenguas francesa, latina e italiana (1786).
De acuerdo con este lexicógrafo ilustrado, una bambochada es «en la pintura, la que representa bamboches». Con cierto descaro, tales bamboches figuran en las obras «en que se pintan monicongos, figuras ridículas, campesinas o borracheras».
Apurando las derivaciones de la materia, dice Terreros que «también se llaman bamboches las figurillas a quienes se hace representar bailes, riñas y cosas semejantes».
En suma, hablamos de creaciones bulliciosas, cuya excitación se debe a las pasiones más terrenales, más profanas e ineducadas que el ser humano pueda poner en práctica.
Si, como dicen, el estilo es el carácter, está claro que tales bambochadas sirven para captar sobre el lienzo los verdaderos tonos de la obscenidad y el jolgorio.
Para descubrir la etimología del vocablo, recurrimos a don Aniceto de Pagés, autor del Gran diccionario de la lengua castellana, autorizado con ejemplos de buenos escritores antiguos y modernos (1902). Según esta referencia, bambochada proviene del vocablo italiano bambocciata.
Por su parte, bamboche proviene de bamboccio, que en la lengua mencionada quiere decir «hombre de baja estatura». Por consiguiente, Pagés identifica un bamboche con una «persona muy gruesa y de baja estatura, que tiene la cara abultada y encendida».
Seguramente, el lector recordará más de un cuadro con este tipo de figura. Por su efecto metonímico, la caricatura se permite recurrir al mismo tipo de personajes.
María Moliner también alude al bambocciato para identificar la bambochada como la «pintura que representa borracheras o banquetes bufos». Agradezcamos aquí los pequeños favores del anecdotario artístico, pues por medio de este podemos añadir alguna información a lo dicho hasta ahora.
Está claro que la bambochada es una pintura o dibujo de asunto burlesco, con preferencia por los carnavales, las ferias y los tumultos de taberna.
Pero poca gente sabe que el iniciador de esta fórmula costumbrista fue un holandés, Pedro Van Laer, que en el siglo XVII viajó a Italia y pronto llamó la atención en esa tierra por sus escasos dones físicos. Se ve que los italianos llamaron a nuestro pintor el «Bamboccio», y el mote acabó sirviendo de rótulo a este tipo de ilustraciones anecdóticas, cuyo decoro es ciertamente escaso.
Esta es una versión expandida de un artículo que escribí, bajo seudónimo, en el Centro Virtual Cervantes (www.cvc.cervantes.es), portal en la red creado y mantenido por el Instituto Cervantes para contribuir a la difusión de la lengua española y las culturas hispánicas.































































































