
Una vez consolidado el rotundo éxito que las artes marciales de Oriente cosecharon en Occidente desde los años cuarenta del pasado siglo, era previsible que un buen número de los vocablos usados en tan ceremoniosa actividad fuese impregnando el habla común de este lado del mundo.
Aún más: si centramos la atención en los hispanoparlantes jóvenes, y sobre todo en aquéllos que se dicen aficionados al cine de género y a los tebeos, no es difícil hallar en su discurso menciones a un arma, la catana (en japonés, katana) que viene a ser el distintivo simbólico de los samuráis japoneses y de otros guerreros que la ficción popular ha ido perfilando.
A decir verdad, no es algo tan conocido que dicha voz ingresó en nuestro acervo mucho antes de que las películas de acción popularizaran con terquedad este tipo de sable. Véase que ya en 1853 don Ramón Joaquín Domínguez define catana como «antigua arma que usaron los antiguos semejante al alfanje. Y dice Terreros que en casa del conde de Saceda vio una catana o palo ancho, labrado, sin corte, y más grueso en las extremidades que en el centro» (Suplemento al Diccionario Nacional o Gran Diccionario Clásico de la Lengua Española, Madrid-París, Establecimiento de Mellado, 1853).
En la décima quinta edición del Diccionario de la lengua española la voz catán es definida del modo siguiente: «Especie de alfanje que usaban los indios y otros pueblos del Oriente». En el mismo plano semántico, catana es palabra dicha en Argentina y Chile como sinónimo de «sable, en especial el largo y viejo, y el que usan los policías. Es voz despectiva». Con distinto ademán, los cubanos usan esta voz para mencionar una «cosa pesada, tosca, deforme», y en Venezuela llaman de este modo a un «loro verde y azul» (Real Academia Española, Diccionario de la lengua española, Madrid, Calpe, 1925).
Naturalmente, no queremos desviarnos hacia este vericueto ornitológico, porque nuestra nota ha de referirse tan sólo a las llamadas armas blancas. Por esa vía, resulta significativo el hecho de que los académicos consideren a la catana un alfanje. De hecho, durante un largo periodo dio por sentado que la palabra procedía del árabe hátan o jatán.
Haciendo acopio de datos, desmiente esa raíz arábiga Joan Corominas, para quien catana o catán es una «especie de sable o alfanje asiático, del japonés katana, espada». Explica el filólogo que la primera documentación de esta palabra data de 1609 (catana, Morga; catán, Argensola), y añade que «en portugués aparece desde 1582. En castellano, el Diccionario Histórico de la Lengua Española (Real Academia Española, 1933-1936) da varios ejemplos del siglo XVII para la forma catana, que es la más común, todos ellos referentes al Extremo Oriente».
Por otro lado, indica Corominas un uso local que ya conocíamos: «Hoy [catana] se emplea en Chile, Argentina, Cuba y aun España, como término despectivo para sable o con referencia al de la policía; en el Perú significa azotes, tormento» (Joan Corominas, con la colaboración de José A. Pascual, Diccionario crítico etimológico castellano e hispánico, Madrid, Gredos, Biblioteca Románica Hispánica, 1980).
Es obvio que, ubicando esta voz en los dominios de la finta y la estocada, se acentúa la evocación. Por eso podemos concluir esta glosa con un texto que reproduce Juan Gil, quien lo extrae de las relaciones que en 1610 escribió a distintos destinatarios don Rodrigo de Vivero y Velasco. De ello no hay duda: al leer sus reflexiones sobre los caballeros y señores del Japón, se pone de manifiesto cómo éstos ligaban el goce estético a la formación guerrera:
El barniz de los escritorios y bufetes, que es como resina de un árbol, no se sabe otro que le iguale, y así tienen lindezas de este género. Y el de sus espadas y catanas también es cosa rara, porque hay catana que se aprecia en cien mil ducados; y es cosa muy cierta que cortan un hombre, cruzadas las piernas, de arriba abajo; y ríense de que estimemos un diamante o un rubí, diciendo que la estimación verdadera se ha de hacer de las espadas. (Hidalgos y samuráis. España y Japón en los siglos XVI y XVII, Madrid, Alianza Editorial, 1991, p. 202).
Esta es una versión expandida de un artículo que escribí, bajo seudónimo, en el Centro Virtual Cervantes (www.cvc.cervantes.es), portal en la red creado y mantenido por el Instituto Cervantes para contribuir a la difusión de la lengua española y las culturas hispánicas.































































































