
Entre las creaciones del escritor Juan José Millás ocupa un lugar notable Papel mojado (1983), título que, por sugerencia, nos lleva a interrogarnos por el modismo que ahí mismo figura.
Puesto que el novelista se detiene, con obsesivo detalle, en la permanencia de las palabras, cabe imaginar que un papel arruinado por el agua vale tanto como una idea que se borre o una inspiración que caiga en el olvido. Por ahí adquiere substancia este papel mojado, que viene a ser el de escasa o nula importancia, o que prueba bien poco para un determinado asunto. Es, por tanto, una cosa inútil, inconsistente o malograda.
En este campo, traer los papeles mojados equivale a «ser falsas o carecer de fundamento las noticias que proporciona una persona». En contraste, tener buenos papeles supone una ventaja para la persona que de ellos dispone, pues vale por tener instrumentos legales, certificados que prueban nobleza o méritos de distinto orden. Alguien con buenos papeles tiene, pues, justificación y pruebas en aquello que propone o disputa.
Aunque parezca surgido del código civil, el origen de este papel mojado es literario. El fabulista parece recurrir al dicho cuando se le traba la lengua y ha de rubricar el final de su historia. En este punto, lo mismo le sirve a ese cuentista decir colorín, colorado que eran de papel, y mojóse y acabóse. Esa era, justamente, la fórmula usada por ciertos relatores del siglo XVII, y con ella remataban su ingenioso discurso a la espera del siguiente.
Los proverbios y modismos en torno al papel tienen un claro trasfondo legal. Por supuesto, la interpretación de lo escrito proviene del arsenal de los prejuicios, y es raro que sus consecuencias sean irrevocables. Así lo expresa el dicho El papel todo lo aguanta, con el cual demostramos que «no debe darse mucha fe a una cosa por el solo hecho de estar escrita o impresa, porque al papel se le hace decir lo que se quiere, y porque no ha de sonrojarse ni sufrir las consecuencias de lo que en él se haya estampado».
Esta explicación pertenece a Iribarren quien, por cierto, se basa en aquella famosa misiva que la gran Catalina de Rusia escribió al enciclopedista Diderot: «Tenga presente, Sr. Diderot, la distinta posición en que nos hallamos respecto al plan de reforma que hemos emprendido. Vos, sabio e ilustrado filósofo, expresáis con toda holgura y sin inconveniente alguno grandes pensamientos, porque trabajáis sobre el papel, materia unida y compacta que todo lo admite, sin resistirse ni presentar obstáculos ni a vuestra fantasía ni a vuestra pluma; mientras que yo, pobre emperatriz, he de trabajar sobre la piel humana, que, como vos sabéis, es irritable y descontentadiza en extremo».
Esta es una versión expandida de un artículo que escribí, bajo seudónimo, en el Centro Virtual Cervantes (www.cvc.cervantes.es), portal en la red creado y mantenido por el Instituto Cervantes para contribuir a la difusión de la lengua española y las culturas hispánicas.






























































































