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Berthe Morisot  Berthe Morisot. La pintora impresionista
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La palabra "caballo" en California

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Si bien el examen escrupuloso de los caballos concierne a jinetes, vaqueros y otros admiradores de su estirpe, esta bestia prodigiosa reclama otras visiones.

No sin justificación, las caballerizas abrirán esta vez sus puertas a quienes prefieran enredarse en el juego y las conductas del idioma. Por ello, aunque los corceles acreditan a diario su utilidad y además deparan una felicidad estética innegable, vamos a perseguir los matices del vocablo caballo para luego ubicarlo en una región concreta de las Américas: California, tierra fértil para la fantasía. A todo esto, una coincidencia afortunada nos permite catalogar la obra donde por vez primera figura dicho topónimo, las Sergas de Esplandián, entre los libros de caballerías. El juego de palabras está servido y, de paso, nos envía al territorio histórico.

Comencemos: en el Diccionario crítico etimológico castellano e hispánico (Madrid, Gredos, Biblioteca Románica Hispánica, 1980), Joan Corominas y José A. Pascual desentierran la raíz en el vocablo latino caballus, esto es: «‘caballo castrado, ‘caballo de trabajo’, ‘caballo malo, jamelgo’, que ya en latín vulgar se empleó en el sentido de ‘caballo’ en general». Respaldados por una bibliografía que encabeza el estudio de Víctor R. B. Oelschläger A Medieval Spanish Word-List. A preliminary dated vocabulary of first appearances up to Berceo (Universidad de Wisconsin, 1940), los eminentes etimólogos subrayan el hecho de que, durante el medioevo, la palabra cavallo y sus congéneres sustituyeron a equus en las lenguas romances. Con la mirada puesta en el Este, esta voz acredita un origen extranjero, «quizá céltico, emparentada con el rs. kobýlĭ, ‘yegua’, y otras palabras indoeuropeas».

Con todo, Corominas y Pascual recalcan que, según la mayoría de estudios, el vocablo «no es primitivamente céltico, sino palabra viajera que desde Oriente, y pasando por el griego, penetró pronto entre los galos y en el latín vulgar». Ante semejantes informaciones, tan sólo queda visitar en Madrid la Real Academia de la Historia para admirar uno de sus tesoros, ese Libro de los caballos donde los sabios al servicio de Alfonso X apuntaron un buen número de definiciones relacionadas con nuestro cuadrúpedo.

Por falta de espacio, queda fuera de este párrafo el cúmulo de sinónimos que privilegian a la palabra en cuestión, con la que, de paso, y aprovechando al máximo la polisemia, nombramos desde una pieza del ajedrez hasta un aparato gimnástico, pasando por un tumor venéreo y una vieja medida de arqueo de las embarcaciones. Ciertamente, una vez cruzado el Atlántico, la orilla americana se puebla con nuevos usos. Para los salvadoreños, el caballo es el sarmiento que brota con más fuerza en la vid. Marcos A. Morínigo, en su Diccionario de americanismos (Barcelona, Muchnik Editores, 1985), recuerda que en Argentina y Uruguay una caballada es el «conjunto de caballos reunidos para un determinado objeto».

Con mayor rotundidad, en México un caballazo es el «encontrón que da un jinete a otro o a un peatón», y caballerango un «caballerizo, mozo de estribo». A partir de la misma raíz, en diversos rincones de la América hispana se emplea la voz caballería, que Morínigo define así: «Medida agraria de muy diferente valor según los países».

Ya en tiempos del explorador Juan Rodríguez Cabrillo el español se oyó en California, un territorio que perteneció a la Corona española desde que Sebastián Vizcaíno confirmó en 1602 el título de posesión. Aun después de que Estados Unidos tomase de manos mexicanas esta región a mediados del siglo XIX, nuestra lengua formó parte de la cultura californiana.

Tal es la premisa de Antonio Blanco en su libro La lengua española en la historia de California. Contribución a su estudio (Madrid, Ediciones Cultura Hispánica, 1971). Gracias al vocabulario de californianismos que Blanco aporta, podemos saber que el caballo era un baile típico regional de California: «Se bailaba por un hombre y una mujer que llevaban un pañuelo en la mano. El caballo recibía este nombre porque en un momento dado la pareja imitaba el trote de este cuadrúpedo con el movimiento de los pañuelos». Otra expresión frecuentada por los californianos era caballo del día: «Dada la gran abundancia de caballos, solía montarse uno diferente cada día. Al caballo escogido se le llamaba caballo del día».

Pero las voces de mayor hermosura eran las usadas para describir a las monturas de acuerdo con su coloración.

Así, entre los nombres aplicados en California a los caballos para distinguirlos por su color, el autor menciona los siguientes: «Alazán tostado, Andaluz, Azulero, Barroso, Canelo, Cebruno, Grullo (Ceniciento), Moro, Tordillo, Palomino, Roano, Ruano, Pinto, Estrellado, Cuatralbo, Champurrado, Bayo melocotón, Melado, Tordillo moro, Colorado alazán, Yegua nutria, Mula tordilla, Caponera (yegua)». Los caballos de sobrepaso, de género o generosos eran aquellos que «por su mansedumbre y docilidad eran montados por las mujeres y frailes». Y entrando en el misterio, Blanco termina hablándonos de caballos desperillados:

"En las instrucciones del virrey Teodoro de Croix al capitán Fernando Rivera y Moncada (Archivo Nacional de México), en las advertencias sobre la remonta que debe hacer, se le dice que deberá traer a California, además de 60 yeguas de vientre, 80 yeguas aburradas, y burros garañones y 4 caballos padres, 4 caballos desperillados".

Confiesa el investigador que es la única vez que ha sabido de este tipo de corceles y que ignora su cualidad. No obstante, invita a especular mediante la definición de perilla que el Diccionario de la Real Academia Española nos indica: «la parte superior del arco que forman por delante los fustes de la silla de montar». Muy probablemente, algún lector pueda desatar con mayor pericia este nudo etimológico y caballar. Mientras tanto, acá queda constancia del dudoso calificativo.

Esta es una versión expandida de un artículo que escribí, bajo seudónimo, en el Centro Virtual Cervantes (www.cvc.cervantes.es), portal en la red creado y mantenido por el Instituto Cervantes para contribuir a la difusión de la lengua española y las culturas hispánicas.


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