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Berthe Morisot  Berthe Morisot. La pintora impresionista
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La poderosa anaconda

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Ya dijo don Emilio Lorenzo que, sin sólidas razones para explicarlo, todos sufrimos singular debilidad por ciertos topónimos que nos enganchan más por su fisonomía sonora que por su significado. Aun no tratándose de un topónimo, aplico el mismo rasero a una hermosa palabra, anaconda, de la cual puede sospecharse que proviene de algún libro de maravillas o acaso de una peripecia caballeresca, al estilo de las hilvanadas por Garci Rodríguez de Montalvo.

Anaconda es un vocablo bello, pero también sugerente, y por si ello no bastara, goza de gran difusión gracias al folletín aventurero y al cine de género menor. Por lo demás, el descomunal ofidio que así se llama cuenta con un mítico repertorio de hazañas biológicas.

Nos lo presenta José Alemany y Bolufer (Suplemento, en Diccionario de la Lengua Española, Barcelona, Ramón Sopena, 1917) en los términos siguientes: «Serpiente de las de mayor tamaño que se conocen. Tiene la cabeza revestida de placas irregulares, y su color es rojo aceitunado obscuro, con una faja roja amarillenta, orillada de negro. Se cría en América y vive en el agua».

Por un despiste que luego aclararemos, Manuel Rodríguez Navas y Carrasco define así al monstruo en su Diccionario general y técnico hispano-americano (Madrid, Cultura Hispanoamericana, 1918): «Especie de serpiente de Ceilán».

¿Ceilán? ¿Acaso no es la bestia una criatura de las Américas? Tampoco queda claro por qué el estudioso menciona en la etimología la voz griega que él transcribe anakontizoo: ‘arrojar’.

La Real Academia Española, en su Diccionario manual e ilustrado de la lengua española (Madrid, Espasa-Calpe, 1927) también habla de esta «serpiente americana que llega a tener 10 metros de longitud. Tiene la cabeza revestida de placas irregulares, y vive a la orilla de los ríos».

Complica el asunto el DRAE de 1970, donde figura anaconda como una voz procedente de Ceilán. ¿Será ésta la raíz que confundió a Rodríguez Navas? Es probable. Con todo, María Moliner, en su Diccionario de uso del español (2.ª ed., Gredos, 1998) se pregunta si el origen de la palabra es el vocablo cingalés henakandaya.

Nos proporcionan una posible respuesta Henry Yule y Arthur C. Burnell en su Hobson-Jobson. The Anglo-Indian Dictionary (1886; reeditado en 1996 por Wordsworth Editions Ltd. a partir de la versión de 1902).

De acuerdo con sus fuentes, el famoso naturalista y paleontólogo Cuvier incluyó en Règne Animal (1829) la siguiente mención: «L’Anacondo (Boa scytale et murina, L.-Boa aquatica, Prince Max)».

De igual modo, en el informe oficial preparado por el Gobierno de Brasil para la exposición de Filadelfia de 1876 se leen estas líneas: «Del género Boa (...) el sucuriù o sucuriba (Boa anaconda), cuya piel es empleada para fabricar botas, zapatos y también para otros fines».

Pese a esta deriva amazónica, Yule y Burnell desconfían de las etimologías que aluden a vocablos indígenas como anacauchoa y anacaona.

Por el contrario, insisten en la ascendencia cingalesa de la palabra, y para confirmarla aluden a John Ray, quien proporciona en su Synopsis Methodica Animalium Quadrupedum et Serpentini Generis (Londres, 1693) un catálogo de serpientes del Indostán que había recibido de su amigo, el doctor Tancred Robinson. En esta lista aparece, no sin sorpresa, el ejemplar denominado Serpens Indicus Bubalinus Anacandaia Zeylonensibus.

Daremos fin a la pesquisa con un artículo de 1768, firmado en el Scots Magazine por R. Edwin bajo el rótulo «Descripción de la anaconda, una monstruosa especie de serpiente. En una carta de un caballero inglés, residente durante muchos años en la isla de Ceilán». Al final, recuerdan los autores del Hobson-Jobson que anai-kondra en lengua tamil significa‘el que mata un elefante’, mientras que, en malayo, anakanda sería ‘el bien nacido’.

Como María Moliner, D. Ferguson hace derivar anacandaia del cingalés henakandayâ. De momento, no añadiremos nuevas fuentes a este enigma etimológico. Sin embargo, algo es casi seguro: esta pitón que navega con muy malos ojos por los ríos americanos fue bautizada, por esos azares que fomenta el habla, con un nombre diseñado en el Asia más recóndita.

Esta es una versión expandida de un artículo que escribí, bajo seudónimo, en el Centro Virtual Cervantes (www.cvc.cervantes.es), portal en la red creado y mantenido por el Instituto Cervantes para contribuir a la difusión de la lengua española y las culturas hispánicas.


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