
Hay que reconocer que hemos tergiversado la zoología mediante el refranero, y que no nos podemos hacer los desentendidos frente a las consiguientes supercherías.
A decir verdad, pocos lectores darán por cierta la historia de un congreso ratonil, y menos aún los que juzgarán posible a un roedor que quiera poner un cascabel al gato. Pero serán más, muchos más los que justifiquen, por la vía de las certezas, esas famosas lágrimas de cocodrilo que distinguen a los hipócritas. ¿Acaso no lloran los reptiles?, dirán. ¿Y no es menos cierto que fingen su llanto con esmero y teatral dedicación? Pues bien, ni lo uno ni lo otro, pero tiempo habrá para refutarlo.
Muy preciso y ocasionalmente guasón, Aniceto de Pagés retrata a la fiera en su diccionario de 1904. Al decir de don Aniceto, el saurio llorón habita los grandes ríos de las regiones intertropicales. Nada y corre con oportuna rapidez, y es temible por su voracidad.
De hecho, esa condición espantable le hace merecedor de estos versos de Bernardo de Valbuena: «Todos en fieras se iban convirtiendo / De espantable figura y bulto horrendo. / Quién en león, en tigre, en oso, en pardo, / En cocodrilo, en topo, en sierpe, en oso; / Quién en feo avestruz, quién en gallardo / Pavón, quién en cabrón, quién en raposo».
Atento al paisaje contemporáneo, el editor Hetzel promovió la obra colectiva que lleva por título Vida privada y pública de los animales (París, 1868). En ella, se satiriza la actualidad francesa a través de un conjunto de bestias antropomórficas.
Gracias a la traducción de José María González-Ruiz, tomamos de esa obra el cuento Las contrariedades de un cocodrilo, de Emile de la Bédolliere. El reptil es aquí un narrador satisfecho de sí mismo, cuya audacia es tan punzante como sus escamas: «La naturaleza me ha colmado con sus más raros favores —proclama el saurio—. Un rostro atractivo, un tipo elegante, un estómago capaz: ¡la buena madre ha sido pródiga conmigo! Pensemos en hacer uso de sus dones». Y vaya si cumple con esa intención: «Yo estoy hecho para la vida horizontal; abandonémonos a la molicie; tengo cuatro filas de dientes acerados: devoremos a los demás y procuremos no ser devorados». Para esta bestia, la ley de la selva se convierte en placer: «Practiquemos el arte de gozar, adoptemos la moral de los vividores, lo cual equivale a no adoptar ninguna».
¿Y cuándo llora el cocodrilo diseñado por La Bédolliere? Hasta donde sabemos, se trata de un animal risueño, poco dado al sufrimiento.
Esas lágrimas de falsa consternación hay que buscarlas en Covarrubias (1611), quien fundamenta el dicho con elocuencia. Dice el sabio que el cocodrilo del Nilo «tiene en los pies y manos fuertes uñas, y los dientes que encajan unos en otros; mueve la mejilla superior, que no lo hace otro animal; no tiene cantidad determinada, porque crece todo el tiempo que vive, y así viene a ser grandísima bestia».
Semejante criatura sólo interrumpe su descanso cuando se entrega a la cacería. Al decir de Covarrubias, «sigue al hombre que huye de él, y huye del que le sigue».
Y para sorpresa de los lugareños, «tiene un fingido llanto, con que engaña a los pasajeros, que piensan sea persona humana, afligida y puesta en necesidad, y cuando ve que llegan cerca de él, los acomete y mata en la tierra».
Vaya: como para fiarse de su lagrimeo, ¿no les parece?
Esta es una versión expandida de un artículo que escribí, bajo seudónimo, en el Centro Virtual Cervantes (www.cvc.cervantes.es), portal en la red creado y mantenido por el Instituto Cervantes para contribuir a la difusión de la lengua española y las culturas hispánicas.































































































