
Si las mariposas representan el costado decorativo e ingenuo del mundo de los invertebrados, parece claro que los escorpiones y las arañas, tan a menudo nutridos de motivos peligrosos, vienen a ser la contrafigura de aquéllas, pues su toxina los convierte en mortíferos depredadores.
Con esa querencia por los sinónimos que nos caracteriza, los hablantes ibéricos nombramos al escorpión mediante otra palabra, alacrán, acaso más sugerente y connotativa. No obstante, para evitar confusiones, Richard Percival dejó claro a fines del siglo XVI que alacrán es lo mismo, en inglés y latín, que «Scorpion, Scorpio» (Bibliothecae Hispanicae pars altera. Containing a Dictionarie in Spanihs, English and Latine, Londres, John Jackson y Richard Watkins, 1591).
No mucho después, Covarrubias dejó escrito que éste es un «animalejo ponzoñoso, cuya picadura causa gran dolor y desasosiego: y así decimos comúnmente al que anda muy inquieto, que está picado del alacrán» (Tesoro de la lengua castellana o española, Madrid, Luis Sánchez, 1611).
En el Siglo de las Luces la entomología mejoró sus métodos expresivos, y ello condujo a los académicos a idear una definición algo más próxima a la verdad científica: «Insecto, o animalejo ponzoñoso, en cuyo cuerpo, que es algo mayor que el de un grillo, y de figura oval, distinguen tres partes los naturales para hacer más clara su descripción, que son la cabeza, el pecho y el vientre». Este último «se divide en siete anillos, del último de los cuales procede una colilla nudosa y corva, en que tiene algunos botoncillos, y en el último una punta corva, que comúnmente llaman uña, con la cual pica e introduce el veneno en un humorcillo que contiene en la cavidad de la misma uña».
Obviamente, los lingüistas de aquella fecha aún creían que el alacrán era un insecto, cuando en realidad se trata de un artrópodo arácnido: una araña con ínfulas de cangrejo, cuyo caparazón dorsal nos recuerda una armadura guerrera. De ahí que no tenga casi nada que ver con el llamado alacrán cebollero o grillotopo, así descrito en 1726: «Especie de insecto, o animalejo, que se cría en sitios húmedos, o en las orillas de los arroyos, y anda también dentro del agua: no se parecen a los otros alacranes sino en el color».
Lógicamente, tampoco pertenece a la familia de los escorpiones el sabroso pez denominado alacrán marino o pejesapo: «una especie de pescado, cuya cabeza es esquinada, y armada de espinas muy agudas: su boca es grande, guarnecida de dientes pequeños, y triangulares en la parte inferior: sus ojos son grandes, sobre los cuales tiene dos espinas agudísimas» (Diccionario de la lengua castellana, en que se explica el verdadero sentido de las voces, su naturaleza y calidad, con las frases o modos de hablar, los proverbios o refranes, y otras cosas convenientes al uso de la lengua [...] Tomo primero, Madrid, Imprenta de Francisco del Hierro, 1726).
En 1791 los académicos definen el adjetivo alacranado, -da: «Picado del alacrán. Aplícase metafóricamente a la persona que está inficionada de algún vicio».
También reproducen en su diccionario una antigua voz, alacranera, que vale «lo mismo que yerba de escorpión». Esto, por cierto, nos recuerda las virtudes del alacrancillo, una planta silvestre que crece en las Américas.
Pero no nos perdamos en la taxonomía botánica. Resulta más fructífero, en este afán, ingresar en el refranero, donde queda situada la fórmula estar picado del alacrán, «que se aplica a la persona que anda con mucho desasosiego, e inquietud. Dícese a semejanza del efecto que hace la picadura del alacrán».
Según figura en el mismo diccionario, se dice estar picado del alacrán «por lo mismo que estar infecto de humor gálico, y también por estar poseído de alguna pasión amorosa. Morbo gallico, seu venero laborare».
Con todo, casi es peor repetir el proverbio quien del alacrán está picado, la sombra le espanta, «con que se denota que quien ha padecido algún grave daño, o peligro, queda tan escarmentado, que con ligero motivo teme le vuelva a suceder». En este sentido, cobra ventaja en el uso otro refrán: el gato escaldado del agua fría huye.
Por desgracia, tampoco ha permanecido en la costumbre de los hablantes la frase no le fiara un saco de alacranes, «con que se pondera la gran desconfianza que se tiene de una persona. De scorpionum sacco furabitur» (Diccionario de la lengua castellana compuesto por la Real Academia Española, reducido a un tomo para su más fácil uso. Tercera edición, en la cual se han colocado en los lugares correspondientes todas las voces de los suplementos, que se pusieron al fin de las ediciones de los años de 1780 y 1783 [...], Madrid, Viuda de Joaquín Ibarra, 1791).
Dice Corominas que la palabra proviene del árabe aqráb y, a modo de autoridad, señala su presencia en ese libro prodigioso que es Calila e Dimna, mandado traducir por Alfonso X en 1251.
Tal perfil etimológico ya lo planteó Covarrubias («el nombre de alacrán es arábigo, tomado del hebreo Akrab, y con el artículo arábigo AlaKrab, y corruptamente alacrán») y además figura en el Diccionario de Autoridades de 1726 («es voz compuesta de la palabra acrab, arábiga, que significa ‘escorpión’, añadido el artículo Al»).
Al decir de Corominas, en el siglo XIII la palabra romance escorpión necesitaba ser explicada en las obras alfonsinas, siendo más frecuentado su sinónimo, alacrán. Añade el filólogo que existió una variante metatética, arraclán, y adaptaciones portuguesas, como alacrau y lacrau.
Incluso recuerda otra voz, liscáncere, referida a una criatura que ya citó fray Martín Sarmiento en su Onomástico de 1765: «liscáncere no es culebra ni víbora, pero es de un palmo y parece víbora manchada». En este plano, ni el portugués licranço ni el nombre gallego «designan el alacrán ni la culebra sino el pequeño e inofensivo reptil conocido por lisón en algunos dialectos castellanos y por llisona, anadull, noia de serp o serp de vidre en catalán, nombres éstos que derivan de liso por el deslizarse del animalito».
En opinión de Corominas, hubo cruce de la voz alacrán con este lis-, pues «la ignorancia popular confunde a menudo los dos reptiles [víbora y lisón] y achaca a éste picada no menos venenosa» (Joan Corominas, con la colaboración de José A. Pascual, Diccionario crítico etimológico castellano e hispánico, Madrid, Gredos, Biblioteca Románica Hispánica, 1980).
Esta es una versión expandida de un artículo que escribí, bajo seudónimo, en el Centro Virtual Cervantes (www.cvc.cervantes.es), portal en la red creado y mantenido por el Instituto Cervantes para contribuir a la difusión de la lengua española y las culturas hispánicas.































































































