
Sin duda, la apelación al dinero, sobre todo cuando éste se posee en abundancia, responde a normas sociales que el habla, por inercia o quizá por algo psicológicamente más sutil, convierte en estereotipos.
Así, el campo semántico de palabras como millonario alberga sinónimos de todo jaez, algunos de los cuales son ciertamente valiosos en el plano histórico. De este conjunto vale la pena retener la voz que hoy nos ocupa, fúcar, muy significativa desde el punto de vista etimológico y asimismo merecedora de una difusión generosa. Difusión que, por cierto, parece muy disminuida en la costumbre de los hablantes actuales.
Con la idea de citar una definición clara, retengo la que incluyó la Real Academia Española en su Diccionario de la lengua castellana, en que se explica el verdadero sentido de las voces, su naturaleza y calidad, con las phrases o modos de hablar, los proverbios o refranes, y otras cosas convenientes al uso de la lengua [...] (t. III, Madrid, Imprenta de la Real Academia Española, por la viuda de Francisco del Hierro, 1732). De acuerdo con esta fuente, fúcar es «el hombre rico, hacendado, y que tiene grandes conveniencias. Tomóse la voz de los condes Fúcares alemanes, que adquirieron mucho caudal».
Añade algún dato más el Diccionario de la lengua castellana por la Real Academia Española (décimatercia edición, Madrid, Imprenta de los Sres. Hernando y compañía, 1899), donde se explica que la palabra es empleada «con alusión a los banqueros alemanes de la familia de Fugger, famosos por sus riquezas».
Común entre los literatos del Siglo de Oro, fúcar es una voz empleada por Quevedo y también por Cervantes, de quien Aniceto de Pagés obtiene esta frase: «Decid, amiga mía, a vuestra señora que a mí me pesa en el alma de sus trabajos, y que quisiera ser un fúcar para remediarlos» (Gran diccionario de la lengua castellana [de Autoridades], con ejemplos de buenos escritores antiguos y modernos [...], t. III, Barcelona, Fomento Comercial del Libro, 1914).
Otro estudioso de este epónimo, Santiago García-Castañón, explica que tal alusión a los Fugger queda justificada por el hecho de que estos banqueros alemanes reunieran ese imponente caudal económico.
Más detalles: según refiere el mismo lingüista, a finales del siglo XIV Hans Fugger atesoró la fortuna que originó su imperio gracias al comercio de tejidos que fundó en Augsburgo. A lo largo de los tres siglos siguientes, «los dineros de la familia Fugger decidieron los destinos de Europa».
Tanto es así, que en España: "se les llamó Fúcar, forma castellanizada de su apellido que se ha lexicalizado para designar a quien posee una gran fortuna. En la actualidad ambas formas del apellido recuerdan la pasada opulencia familiar: Fúcar es el nombre de una calle de Madrid y Fugger el de un barrio de Augsburgo, en Baviera" (Diccionario de epónimos del español, Gijón, Ediciones Trea, 2001).
En la historia del capitalismo, no hay duda de que los Fugger son una de las dinastías más poderosas y encumbradas. Desde 1376 hasta 1650, su patrimonio no cesó de crecer, gracias en buena medida a la exportación de productos textiles y metalúrgicos a Italia.
No en vano, era en tierras italianas donde obtenían materias primas de alto valor, como la seda y el azafrán. A partir de 1487, los Fugger explotaron las minas de plata del Tirol y en 1491 alcanzaron los merecimientos necesarios para ejercer como banqueros de la casa de Habsburgo. En consecuencia, al extenderse sus dominios mineros, también creció el sustento del imperio financiero de estos pioneros del comercio multinacional.
La operación financiera de estos avispados alemanes da para lecturas muy distintas, porque no sólo abrieron oficinas y factorías en toda Europa: también controlaron el mercado de las especias, y al implicarse en las aventuras de conquista de Carlos I de España y V de Alemania, lograron extender su inmenso poder hasta América y Asia.
Un último detalle nada desdeñable: si bien es cierto que la decadencia de dicha dinastía comenzó en tiempos de Felipe II, una conveniente política matrimonial ligó el apellido Fugger al de diversas casas nobiliarias. No sorprende, por todo ello, que mencionar a un fúcar significase durante tanto tiempo resumir un formidable impulso de grandeza.
Esta es una versión expandida de un artículo que escribí, bajo seudónimo, en el Centro Virtual Cervantes (www.cvc.cervantes.es), portal en la red creado y mantenido por el Instituto Cervantes para contribuir a la difusión de la lengua española y las culturas hispánicas.































































































