
Curtido por el soplo de ventiscas y galernas, el cómico de la legua ingresó en la inmortalidad por méritos como el arrojo y la persistencia.
Se dice que a estos faranduleros los catalogaban con desdén y que no los querían enterrar en sagrado, pese a que procuraban la felicidad a espectadores que, de otro modo, jamás se hubieran aproximado a la magia del teatro. De entre tales comediantes de larga y fatigosa carrera, queremos destacar hoy al bululú, que antaño representaba él solo todos los personajes de una comedia.
Don Agustín de Rojas (1572-1625), autor de la novela El viaje entretenido (1603), describe en el curso de esta última los tipos de compañías que mostraban su arte por aquellas fechas.
Tomamos de Gracia Rubio el resumen de esa taxonomía teatral: bululú (un actor solitario), ñaque (dos actores en escena), gangarilla (tres o cuatro intérpretes masculinos, repartiéndose los papeles), cambaleo (una «mujer que canta y cinco hombres que lloran»), garnacha («cinco o seis hombres, una mujer que hace la dama primera y un muchacho la segunda»), bojiganga («dos mujeres y un muchacho, seis o siete compañeros»), farándula (tres mujeres y el resto, hombres que completan el reparto) y, finalmente, compañía de título, tan numerosa y formal en su protocolo que precisaba una licencia especial para llevar a término sus representaciones.
El vocablo, aunque simpático, resulta misterioso, cuando menos en lo que compete a sus orígenes. Buscando una explicación satisfactoria, repasaremos viejas enciclopedias.
En el Diccionario de la lengua castellana, en que se explica el verdadero sentido de las voces, su naturaleza y calidad, con las phrases o modos de hablar, los proverbios o refranes, y otras cosas convenientes al uso de la lengua (1726), los sabios de la Real Academia señalan que bululú es una «voz inventada, y de que usó voluntariamente Quevedo, y que parece significó con ella la que comúnmente se llama mamola; esto es que cuando se hace burla o mofa de alguno, o por haberle engañado, o hecho creer alguna cosa no factible, se suele hacer la acción de meter un dedo en la boca, y moviéndole a una y otra parte de los labios se forma y resulta una voz o sonido semejante al de esta voz bululú».
A continuación, se incluye una cita quevedesca de autoridad: «Los (bufones) en racimo son los faranduleros miserables de bululú».
¿Cabe aún la confusión de tales bromistas? ¿O quizá sucede que nos hallamos ante una faceta más de la picaresca? Ahora que caigo en ello, probablemente resulte más aclaratoria al respecto la tercera edición del Diccionario de la lengua castellana compuesto por la Real Academia, reducido a un tomo para su más fácil uso (1791), donde se dice que el bululú es el «farsante que en lo antiguo representaba él solo en los pueblos por donde pasaba alguna comedia, loa o entremés, mudando la voz según la calidad de las personas que iban hablando. Algunos le llamaban bolula».
Ningún lector dotado de imaginación dejará de pensar en la breve distancia que media entre aquellos pobres truhanes y los modernos cómicos televisivos, mejor pagados pero sometidos a un parecido compromiso con el público más popular.
Esta es una versión expandida de un artículo que escribí, bajo seudónimo, en el Centro Virtual Cervantes (www.cvc.cervantes.es), portal en la red creado y mantenido por el Instituto Cervantes para contribuir a la difusión de la lengua española y las culturas hispánicas.































































































