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Berthe Morisot  Berthe Morisot. La pintora impresionista
  15 de noviembre de 2011 - 12 de febrero de 2012
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Vigencia de la palabra "cómico"

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Ya no quedan tantos espectadores que sueñen, como antaño sucedía, con el teatro y sus protagonistas.

El público ha menguado en número, pasión e interés, desde luego. Es una lástima, pues ningún espectáculo de moda puede compararse a esta ceremonia de la inteligencia y la fantasía que, por cierto, continúa celebrándose desde hace milenios. Por todo ello, con una leve disculpa etimológica, queremos hoy aproximarnos a la figura del cómico, personaje central e indispensable del juego escénico.

El actor que representa comedias recibe su nombre del latín: comicus. Las gentes del gremio, en particular los más veteranos, gustan mucho de este apelativo, y defienden la universalidad de dicho vocablo aunque su personal fingimiento sobre el tablado no persiga la gracia, sino el efecto dramático.

Es muy probable que, al menos en España, esta denominación tenga un matiz costumbrista y sentimental, derivado de las andanzas de aquellos cómicos de la legua que recorrieron nuestra geografía hasta bien entrado el siglo XX.

La Real Academia Española, en el tomo segundo del Diccionario de la lengua castellana, en que se explica el verdadero sentido de las voces, su naturaleza y calidad, con las phrases o modos de hablar, los proverbios o refranes, y otras cosas convenientes al uso de la lengua (1729), define el adjetivo cómico, -ca de un modo que hoy resulta añejo: «Cosa perteneciente a comedia, y propiamente el poeta que compone y escribe comedias.

Vulgarmente se toma esta palabra por el que las representa. Algunas veces se usa como sustantivo».

Sin duda, son bien pocos (y tirando a anticuados) los hablantes que hoy llaman cómico al dramaturgo que hilvana comedias. En todo caso, la palabra ha triunfado como sinónimo de comediante, o actor que representa papeles jocosos.

Cómicos, caricatos, comediantes o histriones. Con variable designación, estos actores han ganado su espacio en el cine y la pequeña pantalla, gracias a lo cual aún procuran entretenimiento a nuevas generaciones de espectadores, muchos de ellos ajenos al verdadero dominio de los comediantes, que no es sino el escenario.

Los nostálgicos suelen destacar esta ignorancia (son demasiados los que desocupan el patio de butacas con fútiles pretextos) y sitúan en el banquillo de los acusados al dudoso gusto cultural de nuestro tiempo.

Durante las Jornadas sobre el autor de teatro español vivo, celebradas en el Centro Cultural de la Villa de Madrid el 25 y 26 de junio de 1992, Antonio Buero Vallejo vino a diagnosticar varios de los males que hoy afectan al teatro y a los teatreros.

«Es la desatención al género teatral —decía— lo que en los últimos años, por el incremento de otras ofertas más asequibles, ha crecido; intentemos remediarlo, pero debemos tener muy presente el fenómeno, una de cuyas varias facetas, asimismo aumentada, es la de la desatención a los textos teatrales».

Ciertamente, para completar la sintomatología aún cabría echar mano de nuevos matices: las veleidades monocordes de los medios de comunicación de masas, el proselitismo competitivo de las cadenas televisivas y otras ambiguas realidades que contribuyen a vaciar el patio de butacas.

En todo caso, resumiendo lo expuesto, falta por reiterar cada pormenor de esa crisis de la que tanto hablan, desde hace años, las gentes del teatro: los cómicos de ayer y de hoy. Reiterarlo, por fuerza, supone mencionar periodos de bonanza para este oficio, en los cuales el primer actor o la primera actriz de una compañía eran tan admirados como hoy puedan serlo las grandes estrellas de la música popular.

Esta es una versión expandida de un artículo que escribí, bajo seudónimo, en el Centro Virtual Cervantes (www.cvc.cervantes.es), portal en la red creado y mantenido por el Instituto Cervantes para contribuir a la difusión de la lengua española y las culturas hispánicas.


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