Lo que las películas de Raúl Ruiz producen es muy complejo.
De forma enigmática, este cine hace vibrar distintas ramas de la emoción en un juego que deslinda filosofía y poesía, y que sin embargo participa a la vez de ambas.
Dado el carácter manifiestamente caprichoso de su trayectoria, no creo que sea excesivo hallar en la filmografía de Ruiz ciertas prolongaciones de su vida. Además, visto con cierta perspectiva, poco tiene en común su estilo con el de otros cineastas de la misma generación, caso de Miguel Littín, Aldo Francia, Helvio Soto y Patricio Guzmán.
Para valorar la cinematografía de este chileno de Puerto Montt (1941) es preciso relacionarla con todo un campo adyacente.
Durante su primera juventud hay, sin duda, una acumulación caótica de actividades: redacta obras de teatro, estudia teología y derecho, se deja llevar por la perpetua transformación de la vanguardia y, sobre este fondo, cultiva los placeres bohemios hasta el desorden. Incluso se dice que inicia más de un proyecto que nunca llevará a término.
A su modo de ver, la disciplina de los comienzos y de los fines no es tan deseable; prefiere desplegar los juegos de la memoria durante una charla nocturna o mientras fija los primeros detalles de una nueva creación. En un caso límite de irregularidad, empieza el rodaje de El tango del viudo en 1967, completa la copia en 1970 y, no mucho después, extravía el negativo en Buenos Aires.
Pero no tomemos el camino de la caricatura, porque sería demasiado sencillo. Hay más. Es verdad que Raúl Ruiz trabaja a contrapelo de la industria, pero también es cierto que pronto da muestras de genio. Cuando estrena Tres tristes tigres (1968), la crítica entiende que no le faltan maneras cinematográficas. Y anota que este largometraje vanguardista, producido por una cooperativa marinera —el padre de Ruiz es capitán de barco—, reconstruye una jornada sin duda riquísima, poblada de resonancias metafóricas, de acuerdo con una estructura donde predominan el azar y los encabalgamientos.
Tiempo después, a propósito de esta lectura psicológica de lo cotidiano, volverá a resaltarse su cualidad sorprendente, puesta en relación con un nuevo filme, La colonia penal (1971), que el cineasta construye a partir del texto de Kafka.
Al examinar de cerca las películas que realiza durante el gobierno de Salvador Allende —entre ellas, La expropiación (1972) y El realismo socialista (1973)—, cabe advertir que simpatiza con el proceso político y entiende sus elementos fundamentales. Pero, al concebir este itinerario, se ve obligado a plantear un enfoque cinematográfico que nace de la reflexión fría, alejada del arrebato emocional.
El golpe de Estado de Pinochet (1973) ordena el destierro del cineasta. Viaja desde Buenos Aires hasta Alemania, instalándose finalmente en Francia, país donde producirá sus nuevas películas. En Diálogo de exiliados (1974) vierte unas consideraciones más bien ácidas en torno a la expatriación, reeditando de paso viejas ironías. La vocación suspendida (La vocation suspendue, 1976) se inspira en la novela homónima de Pierre Klossowski, y plantea un análisis de orden teológico en el cual se involucran conceptos consagrados que empiezan a tambalearse. Experimentando figuras de articulación cinematográfica, logra cierto éxito en Europa con filmes como Genealogías de un crimen (1997), galardonado con el Oso de Oro en el Festival de Berlín. Y ya puesto a distorsionar los resortes del relato, el director comienza a trabajar en el ámbito de la vídeo-instalación, un procedimiento audiovisual para el que desarrolla nuevas estrategias enunciativas, cada vez más poéticas.
Esta es una versión expandida de un artículo que escribí en el Centro Virtual Cervantes (www.cvc.cervantes.es), portal en la red creado y mantenido por el Instituto Cervantes para contribuir a la difusión de la lengua española y las culturas hispánicas.










































































































