
Si hay un personaje inolvidable en la saga Star Wars, ése es Anakin Skywalker, dominado por el lado oscuro de la fuerza y convertido en el temible Darth Vader. Su evolución define todo el relato cinematográfico de La Guerra de las Galaxias.
A George Lucas le importa especialmente el modo en que los seres humanos afrontamos nuestro destino: “Creo que estamos en una carrera por la supervivencia y lo único que tenemos adaptable es el cerebro. Sólo podemos intercambiar información. Y la prueba de cuán precisa es la información la tendremos en si morimos todos o no. Si lo hacemos, entonces no era correcta. Prefiero vernos como una fuerza positiva en el universo que como un cáncer. Tenemos la capacidad para ser cualquiera de las dos cosas. Eso, en esencia, es de lo que trata La Guerra de las Galaxias. Somos el bien y el mal, tenemos alternativa”.
Para comprender el modo en que un héroe se transforma en villano, Lucas ideó a Anakin Skywalker, a quien los espectadores de los setenta y ochenta conocieron en su siniestra encarnación de Darth Vader.
El galés David Prowse fue quien se enfundó su armadura, inspirada en la que lucían los antiguos samurais. James Earl Jones se encargó de brindarle una voz grave, poderosa, cuya autoridad se mantenía pese al jadeo de un pulmón artificial.
En los Episodios II y III era imperativo hallar a un intérprete que pudiera reflejar la furia, la generosidad y las dudas del joven Vader.
Para sacar a la luz la complejidad de Anakin se necesitaba un actor de presencia y habilidad impresionantes. Robin Gurland, el director de reparto, vio cómo seis meses de arduo trabajo llegaban a buen fin con la selección del actor canadiense Hayden Christensen como nuevo el Anakin Skywalker para los Episodios II y III de la saga Star Wars. "Me encontraba sumido en un estado de auténtica desesperación, hasta que Hayden entró por la puerta", recuerda Gurland.
"Cuenta con esas cualidades especiales que uno espera hallar en un actor. Salta de la pantalla. Y tiene dos de las características que estábamos buscando para el personaje: vulnerabilidad y tensión.
Necesitábamos en verdad esa combinación, y resulta raro encontrar a un actor que puede pasar de una a otra tan bien. Yo sabía que él tenía los atributos físicos y emocionales para interpretar a Anakin en la etapa más compleja de la vida del personaje".
El productor Rick McCallum está de acuerdo en que Christensen tiene una cualidad especial que parece singularmente adecuada para sacar a la luz la doble naturaleza de Anakin. "Hayden está dotado de una inocencia y una decencia maravillosas, unidas a una tensión nerviosa que se percibe en sus ojos. Dentro de él suceden muchas cosas".
Christensen cubre un papel que ha sido interpretado por actores cuyas edades oscilaban entre los ocho años de Jake Lloyd en La Amenaza Fantasma, y los setenta y ocho de Sebastian Shaw en El Retorno del Jedi.
Christensen, incondicional de Star Wars desde hace mucho, se da perfecta cuenta de esas relaciones y de los retos inherentes a la evolución de la historia del personaje, desde un muchachito esclavo, pasando por el Señor Oscuro de los Sith, hasta el Jedi redimido. "Lo más duro de dar vida a Anakin fue encontrar la justa medida entre lo que Jake aportó al papel y lo que Sebastian Shaw hizo como el desenmascarado Darth Vader, que encuentra ese equilibrio entre el bien y el mal, y hacerlo creíble".
Las pasiones de Anakin también provocan un idilio con Padmé, aunque a un Jedi le está prohibido establecer tales relaciones. Ese, precisamente, será el signo de su tragedia.
El Episodio III completa ese drama. Cuando Christensen apareció por primera vez en el escenario vestido de Darth Vader –cuenta el productor, Rick McCallum– todo el plató de los estudios Fox quedó en silencio. Todos habían oído hablar de su aspecto, y al parecer todos querían presenciar aquel momento. "Cientos de personas se congregaron aquel día en el plató para ver a Hayden. Era el momento que él había estado esperando, y fue el día más significado y el más poético de todo el rodaje".
La experiencia fue de signo algo diferente para Christensen. "Estaba tan entusiasmado por llevar el traje, que sólo intentaba mantenerme en pie, y no tropezar y romperlo", cuenta riendo. "Cuando las cámaras empezaron a rodar y George gritó '¡Acción!', fue increíble. Es cierto que estar dentro del traje te hace sentirte poderoso y perverso. Aun hoy, casi dos años después, sigo recordándolo. Y me cuesta trabajo expresar con palabras lo que me hacía sentir".
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