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Alcalá de Henares. Arte en la Universidad

Alcalá de Henares

Hallarse en Alcalá, frente al Colegio Mayor de San Ildefonso, equivale a retroceder en el tiempo y redescubir las siluetas de una época de sabiduría e inquietud filosófica.

En todo caso, no hay necesidad de insistir sobre el valor de la rectoría universitaria, pues figura en todos los manuales y monografías como una de las joyas del patrimonio complutense.

A la vista de estos muros, conviene tener en cuenta que acá estaba la sede del rectorado, y que éste fue el epicentro de la expansión universitaria. «Existía en Alcalá —escribe Marcel Bataillon— desde fines del siglo XIII un colegio incorporado desde mediados del XV a un monasterio franciscano. Pero todo estaba por hacerse si se pensaba en una verdadera universidad.

El arquitecto Pedro Gumiel trazó el plano del Colegio de San Ildefonso, centro de la fundación, cuya primera piedra colocó Cisneros el 14 de marzo de 1498: diez años habían de transcurrir para que el edificio de Gumiel fuese habitable, y aun entonces no pasaba de ser una humilde construcción provisional de ladrillo y mampostería; sus primeros ocupantes entran en ella no antes del 26 de julio de 1508 y la enseñanza no parece haber funcionado de modo normal hasta el otoño de 1509» (Erasmo y España. Estudios sobre la historia espiritual del siglo XVI).

Estos principios del proyecto cisneriano despliegan una cronología que Cayetano Enríquez de Salamanca se encarga de precisar en los siguientes términos: «Anticipándose [Cisneros] a la bula de Alejandro VI —el español Rodrigo de Borja, para que todo fuese español en esta magna obra—, que no se otorgaría hasta el 13 de abril de 1499, por la que se confirmaban y ampliaban los privilegios de los Estudios de Sancho IV, y ante el vivo deseo de ver materializada su genial idea, dado lo avanzado de su edad, procede a colocar la primera piedra del Colegio Mayor de San Ildefonso, núcleo matriz de la Universidad, un mes antes, es decir, el 13 de marzo de 1499» (Alcalá de Henares y su Universidad Complutense).

Si bien la construcción de sillería fue elaborada por Juan Ballesteros entre 1599 y 1601, las urgencias que impuso el Cardenal a Gumiel obligaron a emplear inicialmente materiales de mucha menor nobleza: madera, ladrillo y yesería. Ese el el aspecto que tenía el Colegio en su fundación, el 26 de julio de 1508, y de ahí proviene asimismo la famosa anécdota que sitúa a Cisneros soportando las bromas del Rey, y respondiendo a éste que «otros harán en mármol y piedra lo que yo construyo con barro».

Originalmente, la fachada fue realizada entre 1537 y 1553, bajo las órdenes del maestro Rodrigo Gil de Hontañón. «La edificación —según detalla Alfredo J. Morales— fue iniciada en 1537, como continuación del programa constructivo que durante las dos primeras décadas del siglo había dirigido el toledano Pedro Gumiel. Los preparativos de la obra fueron rápidos, pero la colocación de la primera piedra no se produjo hasta 1542. Once años más tarde se ponía fin a la obra, que sufrió una serie de transformaciones a lo largo del proceso constructivo.

Los cambios supusieron un mayor enriquecimiento ornamental y la aceptación de ciertos elementos de carácter más clásico. Como causantes de las alteraciones se considera a los entalladores que trabajaron en la edificación, especialmente a los franceses, bastante numerosos en algunos momentos. Junto a ellos desempeñó un papel destacado Claudio de Arciniega, el cual labró parte de las ventanas superiores, medallones altos y pilares, además de las figuras de atlantes y alabarderos. Rodrigo Gil compuso la fachada en tres módulos, desiguales en altura» («Tradición y modernidad, 1526-1563», Arquitectura del Renacimiento en España, 1488-1599).

Flanquean la portada dos columnas jónicas y la remata un medallón rectangular donde se muestra la imposición de casulla a San Ildefonso, quien es patrono de la Archidiócesis. Obsérvese que el interior es de una sola nave y no ha sufrido alteraciones de importancia desde la fundación. Integran la planta dos elementos yuxtapuestos, divididos entre sí por un arco toral. Asimismo, queda cubierta por un bellísimo artesonado de estilo mudéjar. Los muros están cubiertos por yesos trabajados a cuchillo, y resumiendo esta profusión decorativa, conviene hacer aquí mención de ese estilo Cisneros, donde se aúnan elementos del plateresco, el mudéjar y el gótico florido.

Si existe un fantasma adecuado para poblar esa estancia, ése es del humanista, escritor e historiador siciliano Lucio Marineo Sículo (1460-1533), profesor en la Universidad de Salamanca, capellán y cronista de Fernando V el Católico y autor de volúmenes con raíces en el pensamiento más noble y viajero, como De Laudibus Hispaniae (1504), De Rebus Hispaniae Memorabilibus (1503) y De Aragoniae Regibus et Eorum Rebus Gestis (1509).

Como ya habrá intuido algún lector, aquí viene a cuento recordar lo que a propósito de Alcalá escribió este sabio, para quien la ciudad es un foco de excelencias renacentistas: «En medio de Madrid y Guadalajara —nos dice— está la muy noble villa de Alcalá, que por otro nombre llaman Compluto. Muy abundante de las cosas que son necesarias a la vida humana. Por donde pienso que fue llamada Compluto por el cumplimiento que tiene de cada cosa. Porque sin que le vengan provisiones de otras partes, ella las tiene todas sin faltarle cosa ninguna.

La cual fue en nuestros tiempos muy ennoblecida por don Francisco Jiménez, cardenal de España que la adornó con los colegios, y otras grandes obras inmortales que fundó. La cual ha sido también muy ilustrada de los profesores de las disciplinas y artes liberales y de los muy claros ingenios de los estudiantes que en ella mucho florecen y alaban en sus actos y ejercicios que hacen muy excelentes» (De las cosas memorables de España, Libro II, Alcalá de Henares, 1539, citado en Madrid en la prosa de viaje I. Siglos XV, XVI y XVII. Estudio y selección de José Luis Checa Cremades).

Si las señas apuntadas por Lucio Marineo Sículo eran prometedoras, no le van a la zaga las observaciones de otros historiadores que han investigado el pasado universitario de la villa, subrayando en ese afán la grandeza de Cisneros. Grandeza que, a juicio de Cayetano Enríquez de Salamanca, «se manifiesta, más que en ningún otro aspecto, en haber sido uno de los pocos españoles que, con visión de futuro, intuyó que lo mejor que podía hacer por el país que regentó, era establecer firmemente los cimientos de su vida cultural, a partir de los estratos más humildes de la sociedad» (Alcalá de Henares y su Universidad Complutense).

En todo caso, para quienes aceptan la vigencia de ese magno proyecto en tiempos como éstos de hoy —cuando letras, humanidades y demás aparato de erudición no figuran en la moda social—, un detalle es fehaciente, y es que adentrarse por sus recovecos suscita los mejores ejemplos de conocimiento e investigación, fruto de un encendido humanismo.

Con el fin de aclarar las peculiaridades de ese planteamiento, la revista Blanco y Negro conmemoró en noviembre de 1933 el aniversario de Cisneros mediante un artículo firmado por A. Ramírez Tomé, en el cual podemos leer lo siguiente: «Sin mengua para Salamanca, como tampoco para Coimbra, París, Lovaina, Oxford, Cambridge y otras muchas poblaciones de gloriosa tradición, se puede afirmar que sus respectivas Universidades adquirieron esplendor a su amparo. En cambio, la de Alcalá creció por sí, comunicando su vida a la población entera, que se robusteció a sus expensas, inculcándola vigor y animación, convirtiéndola en colmena gloriosa con provecho notorio para todo género de profesiones y de artes».

Quizá convenga aclarar algunos pormenores de esa hazaña intelectual. Sabemos que Cisneros quiso anticiparse a a la bula de Alejandro VI, otorgada el 13 de abril de 1499, precisa para confirmar los privilegios de los Estudios de Sancho IV. El cardenal se sabía anciano, y ese detalle hace que cobre sentido el adelanto de la fecha inaugural, pues Cisneros colocó la primera piedra del Colegio Mayor de San Ildefonso, epicentro de la futura Universidad, el 13 de marzo de 1499. Aquella tarde, el cardenal cruzaba las puertas del convento de Santa María, dichoso ante la idea de bendecir las obras. Algún tiempo después, el 26 de julio de 1508, entraban en el colegio los siete primeros escolares.

Escribe Ramírez Tomé: «Al día siguiente, en la parroquia de Santiago, se celebraba la solemne inauguración universitaria, y el día de San Lucas, 18 de octubre de 1508, empezaban las clases, acudiendo el cardenal en persona a escuchar las primeras lecciones. Cursábanse diferentes disciplinas, inaugurándose la Universidad con trece cátedras, que después se ampliaron hasta veinticinco, divididas en treinta y cinco clases, y fueron traídos los más ilustres profesores de Salamanca, de París y de otras universidades; dudando Cisneros respecto a la constitución de la autoridad universitaria entre conferir la dignidad de rector a cualquier estudiante noble, como en Salamanca, o hacer este cargo privativo de los colegiales de San Ildefonso para aumentar el prestigio de dicho Colegio Mayor. Optó por esto último, y el cargo recayó en el ilustre colegial Pedro de Campo».

Enmendando alguno de los detalles suministrados, Cayetano Enríquez de Salamanca aclara que, durante esa primera etapa, el cardenal creó cuarenta y seis cátedras, relativas a Teología, Artes Liberales, Derecho Canónico y Medicina.

Según se ha indicado, el primer rector fue Pedro del Campo, cuya toma de posesión se celebró la víspera de iniciarse el primer curso, el día 17 de octubre de 1508.

En lo sucesivo, el proyecto universitario cobra un espléndido brío, y su impecable historial da cuenta de logros inauditos. El cardenal fundó siete colegios menores en 1513, y cuando contaba ochenta años, la villa había duplicado su extensión, y la población estudiantil llegó a sumar 4000 escolares.

El dato es de Ramírez Tomé, quien asimismo recontó los catedráticos que ejercieron su misión durante la vida del fundador: «En Teología, de Santo Tomás, Ciruelo y Salamanca; de Escoto, fray Clemente; de Nominales, Gonzalo Gil, Carrasco y Miranda, y como substituto, Fernán Vázquez, colegial de San Ildefonso; en Artes (Lógica y Filosofía), Pardo, Olivano, Castellar, Miranda, Castro Ramírez, Santo Tomás de Villanueva, Insausti Puerta, Zurita, Bivel, Puxvert, Vargas, Cueto y Medina. En Medicina: Tarragona, Bernardino Fernández de Velasco y Cartagena. En Cánones: Villar del Saz, Loranca y Páez. En Gramática, en la principal: Herrera y Lebrija; en poesía: Gavaldá; en las secundarias: Angulo, Oteo, Ximénez, Ruiz, Salaya y Vergara. En Lenguas lo fueron: de hebreo, Zamora, y de griego, Demetrio Ducas. Los mejor retribuidos eran los médicos, que cobraban 200 florines anuales, o sea 145 maravedíes diarios; Lebrija y el Pinciano cobraban 150 florines al año».

Apenas bastaron unas décadas para que la fama de Alcalá de Henares y de su Universidad cruzase fronteras, transmitiendo una imagen tan moderna que es en cierto modo justo reivindicar hoy aquel prodigio humanista.

(Publiqué la primera versión de este artículo en el Centro Virtual Cervantes)


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