Joaquín Sorolla (1863-1923) es la primera gran exposición antológica que el Museo del Prado dedica a este gran maestro del siglo XIX y la más importante celebrada tanto dentro como fuera de España, donde no ha habido ninguna muestra de estas características e importancia, a excepción de otra gran exhibición, de carácter antológico, que se celebró en 1963 en las salas del Casón del Buen Retiro. La exhibición constituye una oportunidad única para recorrer la biografía y la obra de este pintor excepcional.
Nacido en Valencia en 1863, Joaquín Sorolla se formó en la Escuela de Bellas Artes (1878-1881). Fue uno de sus profesores, Gonzalo Salvá, quien propició que el pintor realizase obras al aire libre. En este sentido, también le aconsejó otro artista que fue decisivo durante esa etapa, Ignacio Pinazo Camarlench.
En 1884, Sorolla recibió una segunda medalla en la Exposición Nacional de Bellas Artes y la Diputación Provincial de Valencia le costeó una pensión en Italia.
1884 - 1892: el perfeccionamiento académico
Tras sus primeros años de estudios en la Academia de San Carlos, Sorolla marchó a Italia como pensionado de la Diputación de Valencia. Durante sus años en Italia, entre Roma y la pequeña ciudad de Asís, Sorolla perfeccionó su formación académica.
Los estudios de desnudo, así como el conocimiento de los maestros antiguos y modernos que le ofrecía el arte italiano fueron determinantes en su proceso de maduración. Pero la pensión, además, le supuso acercarse a la otra gran capital artística del momento, París. En esa ciudad adquirió el conocimiento del realismo académico que le conduciría a implicarse en la pintura de argumento social.
A su regreso a España, se instaló en Madrid, donde concurrió con éxito a las Exposiciones Nacionales de Bellas Artes. Allí presentaría sus pinturas más reivindicativas en este nuevo género, en pinturas cargadas de sobrecogedora emoción.
¡Aún dicen que el pescado es caro! sintetiza sus esfuerzos más ambiciosos en estos momentos por equilibrar los argumentos de dramatismo contenido con una factura exigente y veraz, atenta a la iluminación, que se perfila ya como su principal preocupación.
Estos éxitos públicos determinaron también su primera producción para el coleccionismo privado en lienzos en los que Sorolla refleja una imagen de la vida popular amable y cercana, asomando en ellos paulatinamente sus audaces conquistas plásticas.
Su matrimonio con Clotilde García del Castillo se celebró en 1888. Al año siguiente, retornó a París para admirar la Exposición Universal.
En esa muestra excepcional, recibió la influencia de los pintores nórdicos, esencial para comprender su singular tratamiento de la luz.
Su primera hija, María Clotilde nació en 1890. Dos años después, vino al mundo su único hijo varón, Joaquín. En 1895, nació Elena, su tercera hija.
En torno al 1895: los primeros éxitos internacionales
La vuelta de la Pesca fue el primer gran éxito internacional de Sorolla. Presentado al Salón de París de 1895, supuso la verdadera irrupción del artista en el panorama europeo y ese éxito significó además su auténtica consolidación profesional en España. Pero también el paso de Sorolla por la capital francesa entonces condicionó su producción en obras como Después del baño, con las que se acercaría al gusto académico predominante en el mercado parisino.
Cosiendo la Vela confirmó el éxito anterior. La captación pictórica de los efectos de la luz del sol que caracterizan estas dos grandes obras comenzó a centrar el interés del artista, y a convertirse en la verdadera divisa de su arte. Esa búsqueda de la expresión de luz del sol, empleando como mejor recurso las velas de los barcos de pesca alcanza hasta
Comiendo en la barca, cuadro en que éstas sirven además para delimitar el espacio en el que se desarrolla la acción.
Por estos mismos años, al calor de su incipiente carrera internacional, la clientela particular que demandaba obras de Sorolla se incrementó sustancialmente. El artista se dedicó así a las escenas de costumbres y, al tiempo, comenzó su trayectoria como retratista.
1900: el Grand Prix de la Exposición Universal
¡Triste herencia! supuso para Sorolla su consagración definitiva en París y significó su absoluta consolidación en el mercado internacional. La gran repercusión de esta obra, con la que obtuvo el Grand Prix de la Exposición Universal de 1900, le convirtió en el pintor español de mayor éxito de su tiempo.
Todo ello confirmaba la validez de las proposiciones artísticas planteadas en este cuadro, un arte sincero con la naturaleza que exploraba –ya sin reservas– la orilla del mar como escenario predilecto de sus pinturas. Así, a partir de este momento es perceptible un cambio en la factura de su obra.
Obras como Remendando las redes permiten constatar como sus pinceladas se vuelven ahora más abiertas y enérgicas, en busca de una mayor veracidad del efecto de luz.
La Preparación de la pasa constata ese avance plástico hacia una modernidad mucho más atrevida, en la que las preocupaciones sociales de los argumentos quedan ya supeditadas a la pura expresión de una imagen y su encuadre.
Madre representa la irrupción de una iconografía marcadamente intimista, ligada a los aspectos más privados de la vida de Sorolla, que comienzan a convertirse en imágenes habituales dentro de su obra y a las que, después de su triunfo, se aferraría el artista hasta el final de su carrera.
La influencia de Velázquez
Como para tantos otros artistas de su tiempo, el conocimiento del Museo del Prado fue crucial en el arraigo de Sorolla a la gran tradición de la pintura española.
Así, la influencia de Velázquez en su obra, claramente reconocida por la crítica desde sus primeras participaciones en los certámenes públicos españoles, se tornó mucho más evidente después de su triunfo internacional de 1900.
Tras su éxito en París, Sorolla adoptó los modelos velazqueños como propios, jugando con las referencias a algunos de sus cuadros más famosos y empleando los recursos del pintor sevillano de forma muy directa.
El provocador Desnudo de mujer –en el que Sorolla festejaba en secreta intimidad la carnalidad del cuerpo de su esposa–, evoca la Venus del espejo, mientras que para los retratos familiares colectivos se inspiró directamente en Las Meninas.
Pero las citas a obras de Velázquez no siempre son tan inmediatas. El resultado de interiorizar los modelos retratísticos del maestro sevillano se traduce en los retratos realizados a los Beruete, que emanan una presencia vital de una inmediatez palpitante, mientras que en el de El fotógrafo Christian Franzen juega –como Velázquez– con el espacio real del espectador y la reacción del retratado en el espacio fi ngido del lienzo.
La absoluta libertad pictórica
Sol de la tarde fue el punto culminante de la madurez del arte de Joaquín Sorolla. Todo su interés por captar los efectos de la luz natural, ambientado aquí en el atardecer en la playa de Valencia, mientras los pescadores recogen su barca, tal y como lo había adelantado ya en La vuelta de la pesca, adquiere en este cuadro su máximo desarrollo artístico.
La absoluta libertad pictórica con que se enfrenta a esta obra, la rotunda monumentalidad de las fi guras que la componen y la imponente presencia de la vela, así como el enérgico frenesí con que refleja el movimiento del mar son los alicientes figurativos de los que extrae las máximas posibilidades plásticas.
Expuesto en distintas ciudades de los Estados Unidos, fue adquirido para The Hispanic Society of America de Nueva York en 1909, regresando ahora a España por vez primera desde entonces.
Desde que Sorolla descubrió la geografía de Jávea, intensa y abrupta, y el azul intenso de sus aguas transparentes, encontró en ella el escenario perfecto para desarrollar algunas de las escenas que le permiten afrontar composiciones mucho más atrevidas que las pintadas hasta entonces, imprimiendo ya en ellas su sello personal y único, que las hace ya inconfundibles.
El arte del retrato
Tras su arrollador éxito internacional, Sorolla disfrutó de una completa libertad creativa que se refleja en todos los aspectos de su obra. En el arte del retrato desarrolló unos prototipos absolutamente originales, empleando como modelos principales a los miembros más cercanos de su familia.
Aunque en retratos tan singulares como Clotilde de negro, Sorolla muestre la elegante figura de su esposa en el interior de un salón de su casa, en la mayoría de sus mejores retratos empleó un fondo de paisaje en el que las fi guras se integran con absoluta naturalidad.
Ninguno de estos retratos, como el de María vestida de valenciana, permiten a Sorolla desarrollar una impresión sensual de la propia imagen, en la que el artista recrea la jugosidad lumínica del traje de la joven, con destellos de luz y los atrevidos y cambiantes colores.
Al mismo tiempo, Verano permitió a Sorolla plasmar una de las escenas de baño en la playa más contundentes de ese momento de su producción. En este lienzo singular se funden la evocación estética de la estatuaria clásica con la voluntad de captar un instante del movimiento de las figuras a la orilla del mar.
En torno a 1909: la playa de la Malvarrosa
En torno a 1909, en verano, en la playa de la Malvarrosa, Sorolla se sentía un hombre plenamente feliz. Sus éxitos en Europa habían tenido una fecunda continuidad en Estados Unidos, y el reconocimiento de la crítica sólo era superado por el éxito en el mercado, que demandaba continuamente obras del pintor.
En ese tiempo de plenitud y seguridad, Sorolla realizó una serie de pinturas ambientadas todas ellas al borde del mar, que forman un elenco en el que se encuentran las pinturas más emblemáticas del artista.
Son imágenes pletóricas, extraordinariamente luminosas, en las que el clasicismo mediterráneo que planea sobre toda su obra alcanza su expresión más exuberante, reforzada además con los marcos de inspiración arquitectónica griega que Sorolla colocó a muchas de estas obras.
En efecto, una armonía casi musical, como de una calmada procesión clásica, anima Paseo a la orilla del mar, obra que sustancia toda la fama del artista y en la que el tratamiento de la materia cobra un gran protagonismo.
Escenas como El baño del caballo o Chicos en la playa se convirtieron no sólo en evocaciones del pasado grecolatino del mar Mediterráneo, sino que pasaron a ser además verdaderos iconos de la obra de Sorolla y expresión de una interpretación gozosa de la realidad, contrapuesta al pesimismo de la generación del noventa y ocho.
Hacia 1915. Regreso a su orden artístico
La obra madura de Sorolla culminó sus afanes de libertad creadora, desentendida de cualquier límite expresivo. Sin dejar de ser fiel a la definición realista de su arte, desplegó entonces sus obras más atrevidas, en las que la ejecución material se antepone a cualquier otro aspecto.
La siesta es el ejemplo más marcado de ese afán de independencia plástica. A esa misma experiencia estética tan audaz pertenece el retrato de Louis Comfort Tiffany, en el que Sorolla jugó con el tratamiento del paisaje del fondo para identificar más claramente la personalidad del retratado.
Pero en los últimos años de su vida Sorolla abandonó esa via experimental que representa La siesta y, hacia 1915, regresó a su propio orden artístico. En la campaña de ese verano su arte adquiere un tono monumental y rotundo que se intuye en las Barcas varadas en la playa, cuyas velas –de una tersura pétrea– hondean hasta salirse de la perspectiva del propio lienzo.
La culminación de su arte se haya en la presencia sensual y pagana de La bata rosa, en la que el escultural físico de una figura femenina queda rotundamente humanizado por el tratamiento de la luz con un realismo plenamente moderno.
Visión de España
The Hispanic Society of America, fundada en 1904 por el magnate americano Archer M. Huntington, fue concebida como un lugar para el estudio y la conservación de la cultura hispánica en Nueva York. A partir de 1909, Sorolla y Huntington establecieron una fructífera relación que contribuyó mucho a la promoción del pintor valenciano en Estados Unidos.
En 1910 planearon la decoración que debía elaborar en la sala de la Biblioteca del nuevo edificio de la Sociedad. Sorolla convenció a su mecenas para reflejar su Visión de España, un friso de la geografía española. Estos paneles, pintados directamente del natural, figuran entre las obras más destacadas del artista.
El paisaje
Como sucedió con la pintura de retratos, Sorolla desarrolló una labor tan destacada como paisajista que sólo por ella hubiera merecido una consideración principal en el panorama de su tiempo.
Influido por la personalidad de su amigo Aureliano de Beruete, el maestro más notable del género en España, Sorolla se mostró siempre interesado por la captación naturalista de los efectos atmosféricos y por reflejar la geografía de forma fi el a la realidad. Sus obras de paisaje se convierten en ocasiones en la demostración más inmediata de la libertad con que concebía su pintura.
Atento a las vistas de playas, prados, montañas y ciudades, Sorolla dejó tras de sí, sobre todo a partir de 1901, además, paisajes que son fruto de la contemplación de detalles singulares, de una modernidad atrevida, a través de encuadres insólitos y una técnica directa y fresca.
Los esfuerzos por pintar sus lienzos en la Naturaleza, que exigían del artista gran vigor físico, fueron reduciéndose a medida que Sorolla fue envejeciendo y la enfermedad se apoderó de él.
Así, al final de su producción se recluyó en el jardín de su casa de Madrid, hoy Museo Sorolla. Entre los muros de estos jardines pintó sus últimas obras, siendo el escenario que vería caer de las manos del artista los pinceles para siempre.
Un ataque de hemiplejía lo dejó inválido del lado izquierdo. Pese a los cuidados de su familia, Sorolla murió el 10 de agosto de 1923, en Cercedilla, Madrid.
Datos de interés para el visitante
Joaquín Sorolla (1863- 1923)
Fechas: del 26 de mayo al 6 de septiembre de 2009
Comisarios: José Luis Díez, Jefe de Conservación de Pintura del Siglo XIX y Javier Barón, Jefe de Departamento de Pintura del Siglo XIX
Salas: Edificio Jerónimos A, B, C y D
Con el patrocinio de Bancaja
Mas información en www.museodelprado.es
La presente nota ha sido elaborada a partir de comunicaciones de prensa del Museo del Prado. Copyright © Museo del Prado. Cortesía del Área de Comunicación del Museo del Prado. Reservados todos los derechos.
Joaquín Sorolla. El fotógrafo Christian Franzen (1903) © Colección Lorenzana. Cortesía del Área de Comunicación del Museo del Prado. Reservados todos los derechos.









































































































