Denis Long (San Francisco, Estados Unidos, 1951), ha trabajado, a lo largo de su duradera estancia en España, con dibujos, cajas, pinturas y grabados en los que la pulsión por agotar las posibilidades de las imágenes le ha llevado al trabajo seriado.
No es autor de piezas únicas, por decirlo así, sino de versiones de un mismo cuadro o de un mismo objeto sometido siempre a la sospecha de su diversidad.
Lo que es puede ser también de manera distinta, o ligeramente distinta. Este pensamiento supone una crítica, desde la propia obra creativa, de las obras únicas, o mejor dicho: de las obras absolutas. Ninguna obra, al menos dentro de la lógica de la producción de Long, lo es del todo porque se percibe en ella su oscilación hacia el cambio.
La última obra de Denis Long (dibujos y grabados) es claramente geométrica: exploraciones de la racionalidad, gusto por el juego pero también por la construcción y desconstrucción de una obra. Pareciera que se entusiasma, como en los juegos infantiles, con desmontar las obras, pero siendo él mismo quien las ha inventado previamente.
Ese desmontaje, sin embargo, se transforma en nuevas proposiciones. Se trata de una exploración de lo mismo a través de la diversidad inherente a cada uno de sus cuadros.
En otro sentido hay un distanciamiento de la concepción del artista como hacedor de obras geniales, del artista como productor de casos únicos e irrepetibles. Sus obras suponen cierta humildad propia del artesano, capaz de producir, sin perder por ello el placer de hacerlo, variantes, en ocasiones azarosas, en otras buscadas.
Hay, cuanto menos, otra lectura posible: al igual que el cubismo nos muestra, en su pasión analítica, en un mismo plano sus diversos rostros, Long trata en sus series de mostrar los rostros posibles de sus obras. Obra geométrica, lo es también abstracta. Denis Long no trata de representar nada, pero hablar de abstracción es realmente arriesgado, porque esas formas y colores no sólo son presencia en el mundo, una proposición de realidad, sino también evocaciones de esto y aquello, a pesar de la distancia que parecen suponer.
No es raro, por tanto, que haya «ilustrado» a diversos poetas (Sánchez Robayna, José-Miguel Ullán, Charles Tomlinson, Wallace Stevens, entre otros), aunque el término ilustrar no convenga a esos trabajos en los que los grabados más bien acompañan a los poemas.
Por otro lado, los títulos de algunos de sus cuadros se refieren a una calle, por ejemplo: «Calle Carranza », que no quiere decir que haya pintado la madrileña calle Carranza, en la que vive el pintor, sino más bien que esa serie de cuadros-objetos es la Calle Carranza.
En ese sentido, su labor como pintor es de una gran fidelidad a la tarea misma de pintar (o dibujar o hacer objetos), desprovista de toda tarea ancilar. Obra que no quiere ser imagen de sino solamente imagen, no quiere estar en lugar de sino ser el lugar. Esa es una de sus apuestas, apuesta radical sin duda, que enlaza con una de las grandes aventuras pictóricas de comienzos de nuestro siglo y que sigue viva al final del mismo. La pintura que sólo se pone al servicio de su propia vocación de realidad.
Copyright del texto © Blas Matamoro. Este artículo fue editado originalmente en la revista Cuadernos Hispanoamericanos. El texto aparece publicado en Cine y Letras con el permiso de su autor. Reservados todos los derechos









































































































