Del pintor Alfonso Fraile (Marchena, Sevilla, 1930-Madrid, 1988) se pudo ver una amplia retrospectiva en el Centro Sofía de Madrid, exposición que tiene varios significados, pero sobre todo este: se trata del rescate de uno de nuestros mejores pintores de la segunda mitad de siglo.
Tanto la exposición como el catálogo que la acompaña permiten volver sobre un artista riguroso y eminentemente pintor.
Esto último quizás necesite de aclaración, aunque sea brevemente: las artes plásticas en nuestro siglo han sufrido como pocas de una verdadera manipulación ajena a ellas mismas.
El negocio del arte ha desvirtuado la pintura, la ha envilecido. El negocio del arte y el exhibicionismo, no de las obras sino de los pretendidos artistas.
Así pues, lo que el conjunto de la obra de Fraile nos enseña, en primer lugar, es la trayectoria de un pintor que se ha tomado en serio la obra, que se ha tomado en serio su aventura como pintor y no la ha puesto al servicio de la moda o de una fácil o excéntrica salida comercial.
Ambos polos, lo fácil y lo excéntrico, son tics heredados de las vanguardias históricas (pero ya sin el riesgo ni la aventura que caracterizaron a aquéllas). De educación académica (estudió en la Escuela de Bellas Artes de San Fernando), hizo su primer exposición individual en 1957, en la Sala Abril.
Aunque tuvo algún momento de pintor informalista, lo que los franceses (Michel Tapié) llamaron Art Autre, en respuesta a la Action Painting norteamericana,
Fraile se ha desenvuelto dentro de la figuración, y dentro de ésta con una dedicación casi exclusiva a la figura humana. Su exploración o desarrollo no se detuvo sino que -lo vemos en su producción de los últimos años- le alcanzó la muerte cuando se encontraba en un momento de verdadero encuentro con su propia pintura.
Si hasta comienzo de los años setenta es apreciable la influencia más o menos directa de otros pintores, e incluso es fácilmente observable el diálogo desenfadado con Antonio Lorenzo, de quien fue gran amigo, hay que afirmar que a partir de finales de esa misma década su obra se adentra en su propia forma, y sin dejar de tener como referente a pintores como Picasso, Klee o Bacon, Alfonso Fraile camina por sus propias circunstancias, es decir por su propio mundo.
Francisco Calvo Serraller ha hablado con lucidez respecto a lo grotesco y lo irónico en su obra, así como de su exigente concepción del espacio pictórico.
Sin embargo quizás el concepto de grotesco no convenga a esta obra cuyos colores y tratamiento denotan, como diría Denis Long, un cierto romanticismo (en el sentido atemporal del término). Hemos señalado antes la influencia de Francis Bacon, quizás, junto con Picasso, la más notoria, especialmente en el tratamiento de los rostros.
En el pintor inglés sí podemos hablar de lo grotesco y de una ironía acerada. Su búsqueda de la identidad es extrema y colinda con la agresividad y el sadismo.
La búsqueda de Fraile participa de la ironía, pero es una risa aliada a la compasión.
Ficha editorial
Alfonso Fraile. Obra 1960 – 1987
Autores: Paloma Esteban Leal; Fernando Castro Flórez; Fernando Huici; Antón Lamazares; Antonio Lorenzo
Año: 1998
Encuadernación: Rústica
Páginas: 212
Medidas: 23 x 27,5
Idiomas: Español
Tipo: Catálogo
Edita: Museo Reina Sofía
ISBN: 84-8026-116-1
NIPO: 181-98-028-9
Precio: 24.0 €
Copyright del texto © Blas Matamoro. Este artículo fue editado originalmente en la revista Cuadernos Hispanoamericanos. El texto aparece publicado en Cine y Letras con el permiso de su autor. Reservados todos los derechos









































































































