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| Fantin-Latour 1836-1904 |
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Una novedosa exposición
La muestra –organizada en colaboración con la Fundaçao Calouste Gulbenkian de Lisboa– ofrece una amplia selección de su obra, formada por 70 piezas, entre pinturas, dibujos y grabados, procedentes de museos e instituciones de todo el mundo.
Las piezas se presentan con un doble criterio cronológico y temático a lo largo de diez capítulos:
Por sí mismo
Los autorretratos ocupan, sobre todo, los primeros años de la actividad de Fantin-Latour, constituyendo una práctica constante entre 1854 y 1861.
Este ejercicio introspectivo, que recuerda a otros artistas como Rembrandt o Durero, dio lugar a unas 50 obras, entre pinturas, dibujos y grabados, que muestran la profunda investigación sobre la expresión de emociones que realizó el artista a partir de su propia imagen.
¡Al Louvre!
La actividad de Fantin-Latour como copista estuvo motivada no sólo por una necesidad de subsistencia en los inicios de su carrera, sino que, como le ocurrió a otros pintores de su generación como Manet o Degas, también se reveló como un motivo preferencial de estudio, de interpretación y de creación.
La presencia del artista llegó a ser casi cotidiana en el Museo del Louvre, donde ejecutó encargos de copias de grandes maestros, entre los que destacan Tiziano, Veronese, Rubens y Delacroix, su “maestro espiritual”.
Retratos íntimos
En estos retratos, muchas veces femeninos, se respira silencio, contención o melancolía y se presenta un espacio de intimidad entre el pintor y el modelo.
Estos lienzos incluyen los de su círculo familiar, como sus hermanas Marie y Nathalie, a las que representa con frecuencia, y los de algunas figuras célebres, como su amigo Manet, al que retrata con la sobriedad que le es característica cuando no está sujeto a los imperativos impuestos por obras de encargo.
Rosas blancas y ramas de azucenas
La representación de flores es un motivo que acompaña toda la obra de Fantin-Latour y podría decirse que es el género que mejor dominó.
Especialmente aplaudido en Inglaterra, se caracteriza por la elaboración de composiciones equilibradas, elegantes y disciplinadas, construidas a través de una meticulosa asociación de formas y de colores.
Esta dedicación casi exclusiva estuvo motivada en gran medida por razones comerciales, ya que, a partir de un determinado momento, dedicaba todos los veranos a pintar cuadros de flores que su marchante inglesa, Ruth Edwards, pasaba a recoger en octubre. Sin embargo, nunca se dejó arrastrar totalmente por los imperativos comerciales.









































































































