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Berthe Morisot  Berthe Morisot. La pintora impresionista
  15 de noviembre de 2011 - 12 de febrero de 2012
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La metamorfosis de Narciso

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A Narciso lo solemos representar embriagado de amor, mientras se refleja en su propia imagen.

El mito de Narciso, mágicamente narrado por Ovidio en su Metamorfosis, recobra vida en una sociedad donde muchos llegan a morir de amor por lo que falsamente representan . Narciso se mira en un espejo. Narciso se ama a sí mismo. Narciso se transforma en aroma y en belleza. Pero créanme, a diferencia de lo que sucedió con el mítico personaje, muchos de los narcisos actuales jamás llegan a trasformarse en flor.

De forma involuntaria, Ovidio perfiló muchos de los estereotipos humanos que habitan nuestro panorama actual. Si pensamos en el famoso mito de Narciso, referido en su Metamorfosis, parece como si el autor se valiese de la sátira y de la ironía para describir a esos personajes que viven afincados en una fama instantánea, con fecha de caducidad.

Nuestra televisión, y gran parte del papel cuché, vive el fenómeno de la proliferación de narcisos que, enamorados de sí mismos, campan como ególatras entre noticias y programas que, por otro lado, también juguetean con ellos.

Famosos instantáneos que, al igual que Narciso, se miraron en un espejo, arrobados por su propia belleza, y cayeron rendidos al sentir esa punzadita que da el amor.

La penitencia la llevan consigo, porque, a decir verdad, el Narciso de Ovidio tenía una personalidad muy distinta. Para empezar, Narciso fue admirado –no idolatrado– por muchas jóvenes que, cautivadas por su físico, anhelaban llamar la atención del joven.

Por otro lado, Narciso rechazó la flecha de Cupido lanzada por sus pretendientes, y prefirió la soledad de la caza frente a los juegos amorosos y la narración de sus hazañas.

Sólo cuando una pretendiente vengativa –también muy habitual en nuestra sociedad actual– deseó castigarle, su desquite llegó de la forma más contundente posible.

¿Qué peor castigo que enamorarse de uno mismo? En esa circunstancia, la realidad se vuelve irreal, y los actos se tiñen de una pomposa codicia que desbanca cualquier asomo de inocencia.

Cuando uno se enamora de sí mismo se consume en esa llama individual, y corre el riesgo de vivir perennemente en su reflejo.

Pero... ¿cómo describir ese momento?

Existe un bellísimo cuadro de Caravaggio, Narciso (1599-1600), que nos puede servir para recrearlo. Un joven Narciso arrodillado mira su reflejo, con un rostro a medio camino entre la curiosidad y la emoción.

Caravaggio sitúa la escena en el momento del descubrimiento de su amor. Ese fogonazo que todo amante siente y que transforma su existencia. La intimidad de ambos –el yo y su reflejo– no requiere ningún personaje más.

Narciso, con camisa blanca, es resaltado sobre un fondo negro, y su delicada mano roza el agua del estanque en el intento de tocar a su “nuevo amante”.

El pintor no quiso representar la metamorfosis de Narciso en narciso, y nos privó de ver esa flor que tomó el nombre de nuestro héroe.

¿Tendrán el mismo final que Narciso esos otros narcisos que invaden nuestra sociedad? Me temo que muchos de esos imitadores nunca llegarán a convertirse en flor, y ni mucho menos pasarán a la posteridad.

Pero en un intento de mostrar todo su amor por sí mismos, seguirán mirándose en un espejo ajado por la vanidad y por la jactancia.

Copyright Nuria Álvarez Macías. Reservados todos los derechos.



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