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Berthe Morisot  Berthe Morisot. La pintora impresionista
  15 de noviembre de 2011 - 12 de febrero de 2012
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Los retratos de Federico de Madrazo

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Pintor de cámara, de un romanticismo academizante y con todas las destrezas en materia de materias (textiles, piel humana, piel animal, joyas, muebles, fondos de interior, tapices y alfombras), Madrazo es de esos retratistas que nos mueven al tópico «si sólo le falta hablar».

Para ello, curiosamente, parte de lo mismo que los surrealistas: de un acabado trabajo de dibujo.

Madrazo no es peor dibujante que Ingres, y se puede decirlo de pocos. La personalización, la individualización, el perfil de cada modelo, están estudiados a pesar de lo repetido de los vestuarios, los interiores y las poses.

Cada quien es quien es, es un Quien, no obstante estar jugando a representar roles muy típicos: la Reina, el General, la Señora, el Señor, el Niño, el Militar, etc.

Madrazo es, finalmente, o de movida, un romántico, y ama lo característico, que es una devoción romántica.

Su erudición en cuanto a objetos lo lleva a labrar con un empaste espeso, esculpido, el relieve de las joyas que lucen sus damas.

Es el objeto dentro del objeto, lo menos representado posible, lo más real posible.

A la vuelta de los años, por contra, los espectadores de hoy lo vemos como un llamativo collage, lo que se sale del cuadro, un ademán informalista dentro de la extrema formalidad cortesana de estos lienzos.

Por esas fechas el Museo Thyssen ofrecía una muestra de paisajistas holandeses del XVII.

Estos pintores hicieron lo mismo que Madrazo, pero al revés: sacaron la pintura al aire libre, en vez de limitarla a sus célebres interiores, pero el aire libre de sus campiñas, sus puertos, sus lagos helados por el invierno y sus agitadas marinas, es una intemperie teatral, de una teatralidad propia del barroco.

La oportunidad de esas vaguadas, esas arboledas, esas olas encrespadas y esas nubes robustas sobre el robusto azul del cielo primaveral o estival, es una oportunidad escenográfica. Hay un orgullo laborioso y sutilmente imperial en este apoderamiento ordenador del paisaje: los holandeses, en esos tiempos, cruzaban el mundo, fundaban colonias, esquivaban naufragios y vivían con unas libertades que ignoraban los demás europeos del continente.

Es lógico que se ufanaran de tales tesoros y que vieran la naturaleza como algo escrito en holandés y pronto a ser atrapado por los pinceles de sus paisajistas. La repetida imagen del barco con bandera tricolor que sortea la tempestad o llega apaciblemente a un puerto encrestado de casitas regulares y afilados chapiteles góticos, es una proclama humanista de triunfo empresario y maquinal sobre los tenores desatados por la naturaleza.

El destino de la parábola es la pintura de bodegón, llamada, también, y como corresponde, a veces, naturaleza muerta. En cualquier caso, amor barroco a lo característico, amor romántico a lo característico, en la pintura antes recordada hay una situación histórica muy precisa.

La gente holandesa del XVII no puede sino ser gente holandesa del XVII, los personajes de Madrazo no pueden ser sino gente poderosa en la España isabelina. Barroco, romanticismo, vanguardia: tres momentos, tres nudos de la historia.

Copyright del texto © Blas Matamoro. Este artículo fue editado originalmente en la revista Cuadernos Hispanoamericanos. El texto aparece publicado en Cine y Letras con el permiso de su autor. Reservados todos los derechos


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