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Formas evocadoras
Su procedimiento excelente lo ejemplifica, otra vez, con Picasso, ese cirujano que trata los objetos como si disecara cadáveres, guiado por una razón abstracta. Digamos de paso que los objetos a los que se refiere Apollinaire son, obviamente, objetos de la pintura y no objetos de la realidad referencial, del mundo exterior al cuadro.
Cuando Picasso se interesaba por estos objetos, lo hacía con un vocabulario visual totalmente mimético y, excuso decir, de altísima calidad plástica. Resumiendo: la pintura pura es la que trabaja buscando la lógica visual inherente al cuadro, inmamente a él, sin someterse a ningún deber de representación ni a categorías de sujeto y objeto.
Sólo así puede acceder a una realidad superior, esa suerte de superrealidad de que se ocuparán los superrealistas. De paso, también, digamos que fue Apollinaire quien inventó la palabreja surréalisme, en 1917, para definir su drama Les mamelles de Tirésias. Por su parte, esta busca de la lógica inherente vincula la obra visual con otros sistemas de signos, que se dan, a la vez, en el acto de inventar el cuadro. Se produce una suerte de sinestesia, de percepción con sentidos múltiples.
Unas formas visuales evocan sonidos, movimientos, olores, temperaturas. Sobre todo, evocan fenómenos auditivos organizados, ruidos, susurros, cuchicheos, músicas. En esos años, encerrado en su alcoba, Marcel Proust escribe una monumental epopeya de la memoria, en la cual mostrará cómo el recuerdo, musicalmente organizado, sintetiza todas las percepciones. Una magdalena mojada en una taza de té recoge del pasado toda una biografía.
Este complejo sensible, convertido en sistema estético, recibe, en 1912, el nombre de orfismo por parte de nuestro infatigable bautizador Apollinaire. Ya sabemos que esta palabra sirve, en los manuales históricos, a veces, para englobar a pintores disímiles, como Franc Marc, Robert Delaunay o Fernand Léger.









































































































