
Entre el 22 de marzo y el 11 de junio de 2006 se pudo recorrer en la Biblioteca Nacional de Madrid una exposición compuesta de 146 grabados, un libro y un par de planchas de cobre debidos a la mano de Rembrandt.
Las piezas fueron cedidas por la institución homónima de París.
Pocas muestras pueden recoger la huella manual de un artista como ésta, ya que el holandés solía él mismo dibujar directamente sobre el cobre y luego, imprimir sus series de imágenes. En la penumbra protectora, con algo de reunión subterránea y secreta, la pequeñez de las imágenes obligaba a los visitantes a aproximarse mucho a las obras.
A veces se las examinaba con una lupa. Entonces podía advertirse, en la densidad barroca de las imágenes, el trazo nervioso e insistente del grabador, la disolución de todo objeto en una trama temblorosa, reflejo acuático de objetos ausentes. Ciertamente, el barroco ha jugado con esta reflexión, en ocasiones doble, de un mundo objetal descentrado y poroso. Rembrandt anuncia la abstracción o señala que toda imagen es, vista de cerca, abstracta.
Lo hicieron, tras él, Goya y su perro asomado a un plano abstracto de conmovidos amarillos, y Turner, dispersando en manchas de acuarela sus intentos de paisaje. Todo irá a proliferar en las mínimas huellas hormigueantes de Monet y su jardín japonés. En estos espejos barrocos, Rembrandt ha dejado incontables autorretratos.
Tantos, que no es posible imaginar su rostro. A veces aparece como un apacible burgués de Amsterdam, compuesto y seguro de su lugar en el mundo, al menos en su mundo, en su casa. Otras, disfrazado de personaje oriental en una ópera de Haendel.
Otras, razonable artesano que empuña punzones y buriles. Otras, loco frenético, acaso asombrado ante la locura del mundo y capaz de descifrarla desde su propio frenesí, como Lear, Don Quijote o Hamlet. Joven, maduro, viejo, solo o en pareja con una modelo anónima o la apetitosa Saskia, su segunda mujer,
Rembrandt tiene todas las caras de la humanidad y ninguna estrictamente propia. Nos propone ajustamos a nuestra identidad, es decir a un cuarto de espejos donde las miradas ajenas -los paseantes madrileños de esta primavera, por ejemplo- nos deshabitan a la vez que nos descubren, como en el verso de Octavio Paz.
Eso somos: reflejos de reflejos, trazos de trazos, fugacidad de rostros en una lámina de pergamino que fue de cobre que fue de tinta que fue mano inquieta y ojo atento, capaz de volver a mirarse, a miramos, a dejarse mirar, en la convulsa superficie aguada del tiempo.
Copyright del texto © Blas Matamoro. Este artículo fue editado originalmente en la revista Cuadernos Hispanoamericanos. El texto aparece publicado en Cine y Letras con el permiso de su autor. Reservados todos los derechos









































































































