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Berthe Morisot  Berthe Morisot. La pintora impresionista
  15 de noviembre de 2011 - 12 de febrero de 2012
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Zurbarán y la pintura virreinal

Zurbaran

Sobre un panorama tan lleno de talento como el de la pintura virreinal se proyecta, con un brillo único, la influencia de Zurbarán.

Así como en literatura hallamos voces que se explican con ayuda de otras voces, así también los pintores muestran influencias que justifican su estilo.

A este cruce contribuyen la difusión y la fama de un determinado maestro que, como el citado Zurbarán, apasione a un número suficiente de discípulos. Por lo demás, el caso del pintor de Fuente de Cantos ofrece grandísimo interés, no ya por su poderío expresivo y su magistral dominio del color, sino por el gran número de seguidores que lo admiraron en tierras americanas.

No en vano, su obra llega a venderse en el Virreinato, extendiéndose sus maneras gracias a su taller de Santo Domingo de Guatemala y a creadores como Juan Tinoco, afincado en Puebla, o Melchor Pérez de Holguín, en Potosí. Pero no cabe duda de que uno de los principales difusores del estilo de Zurbarán va a ser un discípulo suyo, el español Sebastián López de Arteaga, quien aparece luego como maestro de José Suárez.

A juicio de los estudiosos, el sevillano López de Arteaga (1610-1656) se somete a la maniera zurbaranesca —es posible que fuese su discípulo entre 1625 y 1630— y aporta un estilo tenebrista que pronto gana adeptos en el virreinato de Nueva España, desde que hacia 1640 se afinca en esa región.

Dicho en pocas palabras, esa fidelidad al estilo del maestro extremeño queda de manifiesto en las primeras obras de su alumno. Todo parece indicar un respeto a la tradición de su mentor: virtuosismo en el dibujo, empleo del claroscuro, iluminación tenebrista, modelado intenso, sobriedad compositiva y un uso ceñido pero dramático de los colores.

No es de extrañar que en 1643 sea pintor de imaginería del Santo Oficio —también deseó ser notario del Tribunal— y que durante los años que siguen complete, de esa manera tan característica, una serie de al menos dieciséis Retratos de los Inquisidores Antiguos.

Subrayando las connotaciones emocionales, conviene destacar que ya es por fin un pintor reconocido, además de uno de los principales representantes de la plástica virreinal. Es más, no faltan autores que lo designan como el provechoso iniciador del barroco mexicano, pues en su taller se forman artífices como el citado José Juárez y Baltasar de Echave y Rioja.

Desafortunadamente, buena parte de su producción, alimento de tan variados afectos, no ha llegado hasta nuestros días. Citaremos, en todo caso, el Retrato del Arzobispo Manso y Zúñiga, que forma parte del Tesoro de la Catedral de México, y un Crucifijo (1643) de la Basílica de Guadalupe.

Con el cuadro La incredulidad de Santo Tomás (1643), pintado para la iglesia de San Agustín, López de Arteaga se mueve en el canon de Caravaggio. A su manera tenebrista, en esta magnífica y recia gama de claroscuros, el pintor expresa muy claramente el dramatismo religioso de la escena —su específico significado—, implicando de pasada una serie de matices humanos nada desdeñables, reflejados con más verdad en cada uno de los rostros que observan el movimiento de Tomás hacia Cristo.

La obra, que tan cerca está de la sensibilidad zurbaranesca, se guarda en la Pinacoteca Nacional de la Ciudad de México, y allí puede ser admirada.

La pinacoteca de San Diego dispone entre sus fondos de otra tela debida al pintor español, El desposorio de la Virgen, realizada con delicadeza y suavidad manieristas. «El tipo de la Virgen —dice Toussaint— nos recuerda las madonas rubias del Perugino; la coloración cálida resuena con todos los tonos del arpa romanista y, sin embargo, hay diferencias que parecen impuestas por el medio y así tenemos unos ángeles desmelenados que son característicos de la pintura colonial anterior a Arteaga.»

A este respecto, cabe añadir, a modo de conclusión, que si el objeto de López de Arteaga es inculcar en sus espectadores la doctrina católica, perpetuando esta iconografía tan espléndidamente inspirada y satisfaciendo de paso a su clientela eclesiástica, queda claro que logra trascender el limitado programa de asuntos que se le ofrece. Bien lo acreditan los nobles efectos de su pintura y el honor que ésta ha merecido en la historia del arte colonial.

(La primera versión de este artículo fue previamente publicada por el Centro Virtual Cervantes).


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