
Para no seguir, al menos en principio, el precepto biográfico, comenzaremos estas líneas en torno a Carlos Gorostiza con un registro que tiene algo de anécdota, o por mejor decir, de simultaneidad de circunstancias con algo de accesorio.
El caso es que, antes de iniciar un escrutinio sobre el mentado personaje, era nuestro propósito abordar los hallazgos escénicos del Teatro Circular de Montevideo, una compañía teatral uruguaya que inició sus actividades el 16 de diciembre de 1954. Según consta en las crónicas, sus promotores eran —y son— ateneístas, y quizá por ello el recorrido artístico de esta institución posee una base doctrinal y social admirable, aventajando en sus logros a otros estamentos culturales de dicho país iberoamericano, sobre todo en lo que se refiere a la promoción de la dramaturgia en español. Al fin y al cabo, la vanguardia de su propuesta dramática no es sino el desarrollo de un quehacer inquieto y constante. Por lo demás, en esta búsqueda de nuevos materiales, hallamos que el repertorio del grupo en cuestión dispone de dos montajes que, en la fecha de su estreno, reclamaron la atención del público: Aeroplanos (1990) y El patio de atrás (1994), ambos firmados por el dramaturgo argentino que ya cobra protagonismo en las próximas líneas: Carlos Gorostiza. Esta referencia casual, por su interés, nos lleva a desviar el discurso para personalizar en el propio Gorostiza una filosofía escénica muy arraigada en el Cono Sur: el anhelo de modernidad, puesto de manifiesto en esa década prodigiosa que fueron los sesenta.
Nacido en 1920, se hizo titiritero y luego intervino como actor en el grupo La Máscara. Vigorizó su disciplina literaria en plena juventud, a través de montajes de indudable atractivo. Aún hoy, el teatro independiente argentino que él favoreció goza de prestigio y la etiqueta del realismo reflexivo, aplicada a autores como Carlos Somigliana, Ricardo Halac y el propio Gorostiza resume todo un modo de entender la escena. Ya en los ochenta, el Teatro Abierto en el cual vino a participar —a través de su texto Hay que apagar el fuego (1982)— continúa siendo un paradigma de originalidad y de apertura renovadora, acaso también en lo político, dado que canalizó la rebeldía cultural que fermentó frente a la dictadura.
De igual manera, su bibliografía teatral consta de no pocas obras de interés, por lo común de una perdurable impresión crítica. Entre ellas, cabe citar Títeres de la clave encantada (1943), El puente (1949), El fabricante de piolín (1950), El Quijotillo (1950), El caso del hombre de la valija negra (1951), El último perro (1954), El juicio (1954), El reloj de Baltasar (1955), El pan de la locura (1958), Vivir aquí (1964), Los prójimos (1966), ¿A qué jugamos? (1968), La ira (1970), Los cinco pecados capitales (1973), La Gallo y yo (1976), Los hermanos queridos (1978), El acompañamiento (1978), Matar el tiempo (1982), Papi (1983), Los otros papeles (1996) y Abue, doble historia de amor (1999).
A los interesados en los periodos y los cánones, les remitimos a lo escrito por dos estudiosos, Ana Laura Lusnich y Martín Rodríguez, quienes examinan el modo en que se cristalizan en la obra de este autor procedimientos que fueron habituales en las décadas del sesenta y el setenta. Naturalmente, a pesar de apuntar esa inercia, ambos reconocen el prestigio popular de Gorostiza.
"Dos dramaturgos —escriben— en cuyas textualidades se percibía una cristalización de procedimientos pero que gozaron del reconocimiento de la crítica fueron Osvaldo Dragún y Carlos Gorostiza. Este reconocimiento se hizo visible no sólo en las críticas a sus espectáculos sino en las notas y reportajes previos concedidos a cada uno de ellos en los medios gráficos más importantes, antes del estreno de dos de sus obras más exitosas: ¡Arriba, Corazón! (1987), de Osvaldo Dragún, dirigida por Omar Grasso y El patio de atrás (1994), de Carlos Gorostiza, dirigida por el propio autor". («Recepción del teatro de arte», en Osvaldo Pellettieri, Historia del teatro argentino en Buenos Aires, vol. V: El teatro actual (1976-1998), Buenos Aires, Galerna, 2001, p. 404.)
Aunque desde un punto de vista muy allegado al de Lusnich y Rodríguez, podemos vincular esta pujanza sostenida en el tiempo con la actividad grupos como el que citábamos al comienzo, pues si hay un elemento característico en Gorostiza es su doble condición de autor y director escénico, capaz de controlar cada detalle de la puesta en escena luego de haber fijado los extremos de su propio libreto.
Un último apunte: Gorostiza es asimismo narrador, y a él se debe una novela premiada, Vuelan las palomas (1999).
Esta es una versión expandida de un artículo que escribí en el Centro Virtual Cervantes (www.cvc.cervantes.es), portal en la red creado y mantenido por el Instituto Cervantes para contribuir a la difusión de la lengua española y las culturas hispánicas.









































































































