Cine y Letras

Berthe Morisot  Berthe Morisot. La pintora impresionista
  15 de noviembre de 2011 - 12 de febrero de 2012
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Maestros de la escena: Eduardo Pavlovsky

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En su obra teatral, el bonaerense Eduardo Pavlovsky (1933-) señala el indicio de otra pasión, el psicoanálisis, una herramienta terapéutica que, al decir de sus detractores, tiene mucho de género literario.

Tanto es así, que acaso el diseño teórico de Freud, luego alimentado por Lacan, sea más bien un artificio lingüístico, una carga de emoción que impregna las palabras y adjudica sentido a los procesos de la mente. Fantasía y neurosis, he ahí la cuestión. Un binomio sobre el cual debió de meditar Pavlovsky mientras estudiaba la carrera de medicina, y que tiene su vigencia en la posterior especialización de este galeno metido a escritor. Dato que debemos tener en cuenta: el futuro dramaturgo perteneció a la Asociación Psicoanalítica Argentina y además fue uno de los fundadores del Movimiento Psicodramático en ese país. Valga, en fin, una antología de sus ensayos para resumir esta inquietud, notable pero no crucial en el perfil que le dedicamos: Psicoterapia de grupo de niños y adolescentes (1968), Psicodrama. Cuándo y por qué dramatizar (1971), Adolescencia y mito (1977) y Proceso creador. Terapia y existencia (1984).

A la hora de adentrarnos en su periplo dramático, comprobamos que Pavlovsky culminó el aprendizaje interpretativo hacia 1962, cuando ideó junto a Julio Tahier el Grupo Yenesí, una formación que estrenó la pieza Somos (1961). Fue ésta la obra inaugural en el repertorio de este escritor que, por cierto, hacía las veces de actor. El periodo que se abría entonces dio lugar a títulos tan significativos como La espera trágica (1964), Robot (en colaboración con Elena Antonietto, 1966) y La cacería (1969). Dice Osvaldo Pellettieri que Pavlovsky constituyó durante esta etapa inicial una poética propia.

"Esta textualidad —indica el estudioso— se estableció a partir de apropiaciones de lo que se denominó el absurdo nihilista —en el cual es casi imposible lograr información sobre la visión del mundo y los contenidos implícitos filosóficos del texto—, refuncionalizadas por la ideología ‘comunicacional’ propia del psicodrama y sus artificios fundamentales como el soliloquio, la técnica del doble, la inversión de roles y la técnica del espejo. («Teatro argentino de los 60 y su proyección en los 80», en Teatro argentino breve (1962-1983), Madrid, Biblioteca Nueva, 1993, p. 45).

Lo que esta impregnación del psicodrama supuso para la estética del dramaturgo también se advierte en obras posteriores, pero la falta de espacio no hace recomendable un sondeo de mayor alcance en esta dirección.

Tras el estreno de La mueca (1971) y El señor Galíndez (1973), un nuevo cambio vino a influir en este creador siempre inquieto. El golpe militar y la consiguiente prohibición de Telarañas (1977), interpretada por el propio Pavlovsky junto a Tina Serrano, Arturo Maly, Juan Naso y Héctor Calori, fueron dos acontecimientos que explican el exilio del escritor, quien urdió con mayor dificultad sus nuevas entregas, Cámara lenta (1981) y El señor Laforgue (1983).

En 1984, una vez recuperada la democracia y vencido ese totalitarismo contra el que lucha su teatro, Pavlovsky confesó en el diario Clarín una clara dificultad para recobrar la inspiración. Para decirlo con tosquedad: si el episodio significa algo es porque la escritura a contracorriente suele tener atributos que desaparecen cuando se lleva a cabo sin restricciones ni censuras. Con todo, superando esta paradoja, el dramaturgo logró derivar hacia nuevos horizontes, estrenando así espectáculos como Potestad (1985), Pablo (1987), Paso de dos (1990), Rojos globos rojos (1994) y La muerte de Marguerite Duras (2000). Todos ellos se corresponden con una madurez creativa de un autor que domina el andamiaje teatral y que aún se caracteriza por la beligerancia y la interna complejidad. Por lo demás, para admirar a Pavlovsky no es imprescindible la escenografía: un repaso a sus textos dramáticos disponibles en forma de libro pone en marcha la métrica de las emociones con un ritmo vivo, propio de las buenas novelas.

Esta es una versión expandida de un artículo que escribí en el Centro Virtual Cervantes (www.cvc.cervantes.es), portal en la red creado y mantenido por el Instituto Cervantes para contribuir a la difusión de la lengua española y las culturas hispánicas.

 

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