
Aunque presumía de firme vocación, un actor veterano me aconsejaba no tomar demasiado al pie de la letra ese afán de morir sobre el escenario al que aluden tantos intérpretes.
La cosa vino a raíz de un comentario mío acerca de doña Aurora Redondo, quien, hasta muy poco antes de exhalar el último suspiro, había recibido el aplauso del público en el momento de acabar la función diaria, confiada en la eternidad de su arte. Claro que, aun si nos zafamos del romanticismo, la imagen del comediante anciano, cercano al fin, tiene algo de solemne y arraiga en la mitología teatral. Paradójicamente, ello es algo apenas explicable, pues donde hay esa fuerza para encarnar a otro cuando caen las últimas hojas del almanaque, surge una agudeza que choca con el paso el tiempo y anula su incertidumbre. Entonces, apelando al estatismo de la tradición, la voz del viejo cómico no es sólo la voz de ese personaje marchito, sino una voz que identifica ese vago poder que ya fascinó a los griegos, y gracias al cual se puede comprender toda nuestra civilización.
Para orillar este tipo de gravedades, mi interlocutor dedicó un comentario al eminente Enrique Borrás, y citó, más o menos, un texto de Armando Blanch. El azar me permitió leer esas mismas líneas años después. Las releo ahora y aun a riesgo de abrumar con detalles de simbólica longevidad, no hallo un modo mejor de explicar la vocación de los actores que esta anécdota, ambientada en esa torre de Vallcarca donde habitó don Enrique, y más concretamente en un comedor de puertas acristaladas que daban a una balconada de piedra («Enrique Borrás», en Historia y Vida, núm. 188, noviembre de 1983, p. 108):
"En este comedor —escribe Blanch— grabamos, el 15 de septiembre de 1953, el drama de José Echegaray El Gran Galeoto, haciendo Borrás de don Julián. [...] Borrás, que tenía noventa años en aquella fecha, estaba todavía muy bien de voz y facultades. El prólogo y los dos primeros actos resultaron bien, el último —que tuvimos que grabar otro día, para no cansarle— ya no resultó tanto".
Se me ocurre que el primer tramo de la grabación debió de rejuvenecer al galán. Pero al final, el embate de los años desperdigó la confianza. La voz quebrada por el cansancio era ya sólo un detalle de museo, un resto huidizo de lo que antaño fue. Y sin embargo, el episodio enmarca casi un siglo, pues viene a evocar, por medio de un registro radiofónico, a una de las figuras más gloriosas de la escena española.
Obsérvese, para comenzar, cómo cumplió este personaje un deseo vocacional. Nacido en 1863 en Badalona y fallecido en 1957 en Vallcarca (Barcelona), Borrás no quiso seguir la profesión de su familia —el comercio— y optó por una disciplina mucho más insegura: el teatro. Tras curtirse en estas lides como aficionado, celebró su debut profesional en el Teatro Novedades. Había cumplido los diecinueve años y, sin duda, su aspecto físico y su voz, tan honda como poderosa, componían las propiedades idóneas de un galán. Esas condiciones, sumadas a la fortuna en el repertorio elegido, incitaron al público a seguir su carrera, muy pronto premiada con el éxito. Sin lugar a dudas, era tiempo ya de tomar con firmeza las riendas: Borrás formó su propia compañía de comedias en 1894 y entre las piezas seleccionadas en sus representaciones figuraban varias de Ángel Guimerá.
A este autor debe el actor su más sonado triunfo, Terra baixa, cuyo estreno se celebró el 11 de mayo de 1897. A partir de ahí, el camino hacia la gloria quedó libre de obstáculos, pues en toda España se celebraban ya las virtudes de este intérprete, capaz de encarnar con la misma habilidad personajes que hablaban catalán o castellano. Dejando aparte la excelente acogida que siempre tuvo en el Teatro Romea de Barcelona, conviene destacar un acercamiento profesional a grandes damas del teatro español, como María Guerrero, Lola Membrives, Rosario Pino y en particular, Margarita Xirgu, junto a quien interpretó Divinas palabras, de Valle-Inclán, y El otro, de Unamuno. En gira por España y las Américas, su fama no conoció límites, aunque si hemos de fijar un retrato de este periodo, éste sería el de Borrás caracterizado como Pedro Crespo, en El alcalde de Zalamea, de Calderón de la Barca.
Dominando todo un vasto panorama de figuras y registros, don Enrique Borrás personifica un linaje de actores tocado por la gracia. De ahí que no sea cuestión baladí aludir a esa eternidad del momento que mencionábamos más arriba. Una eternidad todo lo ilusoria que se quiera, pero eternidad al fin y al cabo. ¿O acaso alguien duda a estas alturas de los efectos sobrenaturales del teatro?
Esta es una versión expandida de un artículo que escribí en el Centro Virtual Cervantes (www.cvc.cervantes.es), portal en la red creado y mantenido por el Instituto Cervantes para contribuir a la difusión de la lengua española y las culturas hispánicas.









































































































