
A la hora de recapitular la historia del teatro romántico en Hispanoamérica, suelen los estudiosos recordar el ejemplo del mexicano José Peón y Contreras (1843-1907), quien a sus dotes como dramaturgo sumó las de político y médico.
Sin embargo, por ser una fuente mayor de placer y belleza, vamos a centrarnos en la primera disciplina —la teatral—, aun cuando galenos y senadores practiquen, a su modo, una especie similar de juego dramático. Después de todo, este escritor, nacido en Mérida en 1843 y fallecido en la Ciudad de México en 1907, se complacía en versificar sus historias, y con mucha mayor propiedad se podría insistir en la poética de ciertos líderes e incluso en la de más de un doctor —acá se reconoce, por ejemplo, el método psicoanalítico—. Pero vamos a dejar ahí el paralelismo, pues la digresión podría desviarnos demasiado lejos.
Sumariamente, sabemos que el joven Peón y Contreras ejerció como sanador en el Hospital de Jesús, lo cual satisfizo bastante a los suyos, pues ello servía para regular la economía doméstica. Es inútil aludir aquí a lo complicado que resulta vivir exclusivamente de la literatura, aunque en este caso el galeno contó con el apoyo de su esposa, Leonor del Valle, junto a quien se trasladó a Orizaba, en Veracruz. De nuevo en Ciudad de México, opositó a la cátedra de enfermedades mentales del Hospital de Dementes de San Hipólito. Lo cierto es que no sólo ganó esa plaza, sino que llegó a dirigir el citado centro médico.
Por la misma época, de la pluma de este médico surgió un buen número de creaciones para la escena, casi todas ellas exitosas. El público empezó a mostrar predilección por este repertorio en torno a 1862. Para entonces había estrenado tres piezas de hondo melodramatismo: María la loca; El castigo de Dios y El conde Santiesteban. Dejando al margen ese género que con tanto afán cultivó, sorprende lo frenético de su actividad literaria, a tal extremo que su ritmo parece el propio de un folletinista. De todas maneras, Peón y Contreras, raramente discreto, manifestó con claridad sus preferencias temáticas, de modo que pocas observaciones bastarán para definirlas.
Contra la interpretación realista del pasado, el teatro de este autor purifica su retrato de los lances de honor. Aventura de guardarropía e invencible idealismo —mezclado con cierta voluptuosidad— se entrelazan en versos octosílabos a lo largo de piezas que hoy nos documentan sobre el gusto de la época. Acostumbrado a los resortes de aquello que Mario Praz llama la belleza de los románticos —«entretejida de dolor, corrupción y muerte»—, el mexicano se hizo metódico en el diseño de sus peripecias y con frecuencia puso de relieve una épica de sables y floretes que hoy podría parecer trasnochada, pero que aún conserva un encanto singular. Vale la pena citar en este trecho obras tan atractivas como ¡Hasta el cielo!; Antón de Alaminos; El bardo; El capitán Pedreñales; El conde de Peñalva; El sacrificio de la vida; En el umbral de la dicha; Esperanzas; Gabriela; Gil González de Ávila; Juan de Villalpando; La cabeza de Uconor; La hija del rey; Leonor de Sarabia; Luchas de honra y amor; Muerto o vivo; Por el joyel del sombrero; Por la patria; Soledad; Un amor de Hernán Cortés y Una tormenta en el mar.
Motivos de similar sentimiento se manifiestan en los poemarios líricos Romances dramáticos (1880), Trovas colombinas (1881) y Pequeños dramas (1887). Por lo tanto, no asombra que Peón y Contreras, en su escrúpulo por teñir su obra con dicha tonalidad, pueda ser tomado como uno de los modelos más brillantes de ese gusto por los grandes lugares comunes del romanticismo. Tópicos que, por lo demás, pueden reivindicar la gloria de haber fascinado al público durante más de medio siglo.
Esta es una versión expandida de un artículo que escribí en el Centro Virtual Cervantes (www.cvc.cervantes.es), portal en la red creado y mantenido por el Instituto Cervantes para contribuir a la difusión de la lengua española y las culturas hispánicas.









































































































