
La actriz María Guerrero (1867-1928) constituye una figura inigualable, y aun sin caer en la megalomanía, demasiado grande para aceptar los moldes de la moderna clasificación teatral, muy alejada de aquel periodo en el que las heroínas de la escena eran auténticas musas, con resultados de sublime dramatismo.
Su gloria, es decir el espacio abierto que tuvo siempre sobre el tablado, sólo puede ser efecto de aquella sociedad finisecular, en la cual puede buscarse el misterio mágico y doloroso de los estetas. Parece cosa cierta que Sarah Bernhardt fue quien troqueló el modelo, pero es la Guerrero quien se acomodó a éste dentro del dominio hispano. No queremos decir que las dos actrices fuesen equiparables —las distancia el repertorio—, aunque parece que el acento de lo sublime recae sobre ambas. En su atracción por un modelo interpretativo ampuloso y altisonante, muy al gusto de la época, un halo solemne parece irradiar de ambas.
"La aureola de María Guerrero en el teatro —escribe Manuel Román— la consiguió interpretando a mujeres de muy diversa condición, siempre con toda propiedad, aun cuando lo que hoy se llama naturalidad no solía ser moneda común en el teatro y en general los actores, tanto ellas como ellos, tendían a un cierto exceso vocal y gestual". (Los cómicos. Vida y anécdota de los actores españoles más populares del siglo, vol. I: Las glorias nacionales. El drama lorquiano, Barcelona, Royal Books, 1995, p. 28).
Por otra parte, el citado estudioso no puede desligar a la actriz de su circunstancia social e histórica, y tampoco lo haremos nosotros, inspirados por el archivo de datos que ordena el propio Román. Gracias a él sabemos que María Guerrero nació en Madrid el 17 de abril de 1867, hija de un famoso decorador, Ramón Guerrero, quien perfeccionó la educación de la pequeña costeándole clases de francés, inglés, música e incluso declamación, como discípula de Teodora Lamadrid. Al padre le importaba la felicidad de la muchacha, y la buscó con amplitud de medios. Cuando supo que María deseaba ser actriz, llegó incluso a solicitar ayuda a Emilio Mario, en cuya compañía debutó la joven durante el otoño de 1885. Tras un tiempo en el madrileño Teatro de la Princesa, pasó a trabajar en el de la Comedia, donde dio vida a una doña Inés que, a buen seguro, hizo al público detestar al burlador Tenorio.
Como primera actriz de la compañía de Emilio Mario, María Guerrero reveló la energía de una gran dama. A través de un solo gesto, asumía de forma definitiva la esencia de cada personaje, y este detalle animó a José de Echegaray a escribirle una función: Mariana (1892). No fue el único dramaturgo en tener muy presente el aspecto melodramático de la intérprete. De otro lado, ésta también fascinó a un galán joven, Fernando Díaz de Mendoza, con quien acabó casándose el 10 de enero de 1896.
En lo sucesivo, la Compañía Teatral Guerrero-Díaz de Mendoza se convirtió en garantía de seguro éxito. Por lo que se advierte en su repertorio, supieron combinar la comedia y el drama en una impresión única. Sin duda, provoca admiración el hecho de que alternasen a autores clásicos como Calderón y Tirso de Molina con dramaturgos modernos, en la línea de Guimerá, Pérez Galdós, Benavente y Echegaray. El triunfo, por otra parte, no es un fenómeno ajeno a la contabilidad, y ésta fue una disciplina en la cual brilló el matrimonio. Puesto de relieve el atractivo de ambos en la taquilla, no ha de extrañar la fortuna que amasaron, llegando incluso a adquirir el Teatro de la Princesa, rotulado hoy con el nombre de María Guerrero. Es lástima que su gran proyecto en Buenos Aires, el Teatro Cervantes, supusiera un revés económico que enturbió los últimos años de la actriz. A ello se añade una enfermedad en el hígado, culpable de que doña María pereciera en Madrid el 28 de febrero de 1928. Aquí era la biología quien se significaba, pero no hemos de olvidar que los seguidores más vehementes —lo mismo da: plebeyos y aristócratas— no atenuaron su entusiasmo tras los funerales, y el mito de la gran diva salió victorioso en el recuerdo.
Esta es una versión expandida de un artículo que escribí en el Centro Virtual Cervantes (www.cvc.cervantes.es), portal en la red creado y mantenido por el Instituto Cervantes para contribuir a la difusión de la lengua española y las culturas hispánicas.









































































































