
Confieso que me fastidia no haber reparado en la personalidad de Usigli hasta fecha muy reciente.
De ahí que sea inevitable para mí abrir estas líneas con la anécdota que me condujo hasta el dramaturgo mexicano. Ocurrió durante el estreno de la película Hable con ella, de Pedro Almodóvar. Poco antes de la rueda de prensa, entre los documentos que nos facilitó el equipo del cineasta, figuraban unas notas suyas en torno al modo en que la cinefilia contamina el proceso creativo que le lleva a hilvanar sus relatos.
"Las películas que veo —dice el realizador— se convierten en parte de mi experiencia, y las utilizo como tal. En ese recurso no hay intención de homenajear a sus autores, ni de imitarles. Son elementos que se integran en el guión como uno más de sus ingredientes. Por ejemplo, en Carne trémula, cuando Liberto Rabal y Francesca Neri se pelean, en la televisión emiten Ensayo de un crimen (1955). La película de Buñuel da título al capítulo de Carne trémula. Y sus imágenes anticipan dos elementos que después aparecerán en la mía, un hombre sin piernas (el personaje de Javier Bardem acaba después de esa escena en una silla de ruedas; en Ensayo de un crimen era un maniquí al que se le desprendía una pierna) y el fuego que atrapa al personaje de Ángela Molina cuando Liberto rompe con ella (en Ensayo... era el horno en el que Archibaldo de la Cruz quemaba un maniquí idéntico al personaje que interpretaba Miroslava Stern. Casualmente, años después la actriz murió en la realidad dentro de un coche ardiendo)" (1)
Por razones que no escaparán al lector, quise ampliar algún detalle en torno a este juego de coincidencias, y estos azares me llevaron a descubrir el texto policíaco en el cual buscó inspiración Buñuel y halló trasfondo Almodóvar. Bajo el título Ensayo de un crimen, Usigli había completado en 1945 esa historia del perverso Archibaldo de la Cruz, convertido por don Luis en modelo de fetichismo, que se busca a sí mismo y encuentra la posibilidad del asesinato como fórmula de realización personal. Rica en claves psicoanalíticas, la divertida historia llevada el cine por Buñuel es, por lo demás, una oportuna invitación para conocer al dramaturgo que le prestó el argumento.
Nacido en 1905 en Ciudad de México, Usigli dejó este mundo en 1979. Ejerció la crítica literaria y también la traducción. Por las sendas de esta última disciplina, dio con la obra de Eliot, y nos dejó de ésta una cumplida versión castellana. Desde muy joven se sintió fascinado por la escena, razón suficiente para que practicara la escritura teatral. De su primera etapa destacan piezas como El niño y la niebla (1936), La mujer no hace milagros (1937), La familia cena en casa (1942) y La función de despedida (1949). Convertido en un autor consagrado, prosiguió esta labor de dramaturgo a través de funciones como Los fugitivos (1960), Jano es una muchacha (1962), Corona de luz (1963), El gran circo del mundo (1969), Carta de amor (1972) y Buenos días, señor Presidente (1972).
Con todo, brilló particularmente como intérprete de la historia de su país, y este repaso sería incompleto sin mencionar dos de sus entregas más celebradas. Así, en 1937, ocho años después de la fundación del Partido Nacional Revolucionario, estrenó la comedia El gesticulador, en la que dotaba de sentidos inesperados al proceso político que había experimentado México en el primer cuarto de siglo. De igual modo, aguzó su ingenio para comprender el papel del emperador Maximiliano en Corona de sombras (1943). Sin duda, a partir de estas dos creaciones cabe resumir el talento de este dramaturgo, cuya primera lectura, en nuestro caso, guarda más relación con la novela criminal. Y es que, nadie ha de negarlo, su personaje de Archibaldo de la Cruz cuadra primorosamente en el recetario morboso de Buñuel y Almodóvar.
(1) Almodóvar cita un rumor muy extendido entre los cinéfilos españoles: la muerte de Miroslava en accidente de tráfico. Hay otras versiones al respecto, y un amable lector, don Eduardo Levy nos aporta aquella que considera probada: Stern se suicidó con una sobredosis de barbitúricos la noche del 9 de marzo de 1955, veinte días antes de que se estrenara la película de Buñuel. Ninón Sevilla encontró a la actriz muerta en su casa de la Ciudad de México (calle Kepler 83, Col. Anzures) y Guadalupe Loaeza explicó las circunstancias de la tragedia en su libro Miroslava, adaptado al cine por el director Alejandro Pelayo.
Esta es una versión expandida de un artículo que escribí en el Centro Virtual Cervantes (www.cvc.cervantes.es), portal en la red creado y mantenido por el Instituto Cervantes para contribuir a la difusión de la lengua española y las culturas hispánicas.









































































































