
Desde el 27 junio hasta el 27 de julio, en el barcelonés Teatro Romea, José María Pou protagoniza un espectáculo tan recomendable como insólito: Su seguro servidor, Orson Welles, versión española de la obra Obediently yours, Orson Welles, de Richard France.
De no saber que la pieza es una recreación teatral, uno tendría la impresión de ser testigo de un episodio tardío –y auténtico– en la vida de Welles. Todo sucede después de su último cumpleaños. En un estudio, el anciano actor graba anuncios de comida para perros y laxantes. Mientras aguarda que Steven Spielberg financie su adaptación de Don Quijote, el gran Orson echa un vistazo al pasado y rememora glorias, deslices y frustraciones.
Es toda una suerte para los amantes del teatro y del cine que las treinta funciones en el Romea no sean las únicas. A partir de septiembre de 2009, José María Pou pondrá en escena Su seguro servidor, Orson Welles en el resto de España, y eso nos permitirá gozar por partida doble: rendidos ante el poderío de un intérprete soberano, y a la vez, echando de menos a aquel genio burlón, independiente y maldito que fue Welles.
Quién sabe. Uno disfruta del cine tanto como adora el teatro, y sin embargo este espectáculo se complace en mezclarlos, a la medida de esa eternidad que merece el quijotesco creador de Ciudadano Kane.
Lo normal es que si Pou invoca al fantasma de Welles desde Barcelona, también estemos dispuestos a perseguir a ese espectro por las calles de dicha ciudad, antes o después de ocupar una butaca en el Romea.
Hace mucho tiempo, en el muelle de Barcelona, frente al restaurante Carballeira, Orson Welles filmó varias escenas de Mister Arkadin. Disimulados entre el equipo, andaban el torero Mario Cabré y el locutor Joaquín Soler Serrano. También César González-Ruano, quien llegó a entrevistar al cineasta.
“Una de las impresiones que más firmemente produce Orson Welles –contó luego el escritor santanderino– es la de que tiene tiempo para todo. En una misma noche se sabe que ha rodado en Barcelona, que ha acompañado a su hija, una jovencita de diecisiete o dieciocho años, al Liceo, que ha estado en Bolero y que ha bebido whisky en cantidades ciertamente respetables. Y para todo adopta una extraña posición en equilibrio perfecto entre la urgencia y la calma”.
Algo de ello tiene el Welles reencarnado en Pou. Una figura de madera incorruptible, que se pierde en sus quimeras, que llena el vacío con talento, que vuelve a ponerse en vanguardia cada vez que restaña sus heridas.
Ante nosotros, el viejo león explica lo que fue y lo que le dejaron ser. Desordenados en su parlamento, bullen antiguos episodios. Son, cierto, anécdotas acumuladas en la trastienda de Hollywood, pero iluminadas en esta función arrojan luz sobre alguien por cuyas venas corría sangre de titán, de torero y de pícaro.
La interpretación de Pou, soberbia y memorable, no ensombrece otros talentos. Por ejemplo, el de Jesús Ulled, en la piel del técnico de sonido, Mel, interlocutor necesario de este nuevo Falstaff –mago, anfitrión, farsante– que quiere ganarle a la muerte otro siglo más.
No parece que haya un equipo mejor dispuesto que el responsable de este montaje. Para empezar, lo dirige Esteve Riambau, estudioso del cine cuyo prestigio ha prosperado con libros y documentales. Entre ellos, por cierto, más de uno sobre el responsable de El cuarto mandamiento.
La comprensible fijación de Riambau por Orson le condujo hasta Richard France, dramaturgo y académico, autor de monografías imprescindibles como The Theatre of Orson Welles y Orson Welles on Shakespeare. Una cosa llevó a la otra: France le presentó a Riambau la obra teatral que nos ocupa, y éste se la ofreció a José María Pou.
¿Casualidades portentosas? Sólo la que sigue. Cuenta Richard France que la idea se le ocurrió en un estudio de sonido de Los Ángeles, donde Welles y él habían grabado anuncios. Como quien revela un secreto inesperado, un técnico le entregó a France las bobinas de varias tomas sin editar del veterano actor. Escucharlas fue revelador, y sin duda, le sirvieron para orientar la disección sentimental que viene a ser Su seguro servidor, Orson Welles.
En fin: por encima o debajo de esta verdad que sabe a fracaso, también percibimos la fantasía desbocada –qué importa si son molinos o gigantes– de un luchador bigger than life, cuya insobornable resistencia es narrada en primera persona por Pou, como quien ofrece oro a raudales.
Termino con un aviso destinado a los lectores que no puedan asistir a esta función. Riambau ha rodado Máscaras, una película documental que nos abre la intimidad de José María Pou mientras el actor, por medio de su arte, restituye a Welles al mundo de los vivos.
“Desde el mismo momento –nos dice Pou– en que Esteve Riambau y Elisabet Cabeza llegaron a mí con la propuesta de esta película, supe que éste no iba a ser un proyecto más sino el proyecto, el reto más importante de mi carrera, el personaje más difícil, porque de lo que se trata es de interpretarme –¿reinterpretarme?– a mí mismo. O mejor, de ser yo mismo, tal cual, ante la cámara. O peor, de cómo dejar de ser yo mismo para convertirme en otro. O mejor y peor a la vez, de cómo ser muchos personajes y ninguno al mismo tiempo”.









































































































