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La programación en televisión - Consolidación de formatos

Índice de Artículos
La programación en televisión
Consolidación de formatos
La audiencia como referente
El modelo estadounidense
Degradación de la oferta
Todas las páginas

Consolidación de formatos

En la década de los cincuenta del siglo XX, la televisión diseñará su programación, básicamente, con espacios de variedades musicales, concursos (La competitividad de los concursos de las diversas cadenas en 1955 –$64.000 Question, The 64.000 Challenge, Twenty One, etc.– desaparece cuando se descubren ciertos “apaños” en los mismos, lo que provoca su desaparición temporal en 1959) y dramáticos, dado el boicot que le plantea la industria del cine al no facilitarle sus películas.

Como se ha señalado, los programas en estudio se diversificaban en todo tipo de formatos, por otro lado muy radiofónicos: entrevistas, charlas, actuaciones musicales (éstos, se convertirán a mediados de los años cincuenta, en una sólida base de la programación televisiva, cuando los primeros dúos y grupos de música clásica den lugar a las intervenciones de cantantes y grupos más representativos del momento) y obras dramáticas (espacios que alcanzarán un gran protagonismo en las programaciones de muchas cadenas en todo el mundo).

Son años en los que se ponen en marcha las primeras emisiones de Televisión Escolar en varios países, y las cadenas comienzan a producir sus propios documentales (1951), iniciando un camino que, a partir de 1958, será muy interesante para el medio.

Cuando la NBC pone en marcha el espacio infantil Howdy Doody en 1947, difícilmente puede sospechar que se mantendrá en antena hasta 1960, confirmando que el público menor de edad es uno de los más fieles.

El éxito de Howdy Doody conduce a las cadenas de la competencia a intensificar la programación infantil. En 1954 iniciará la emisión de Captain Kangaroo, el primer show para niños, articulado como una miscelánea de dibujos animados, dramatizaciones y espacios de promoción comercial.

Junto a los contenidos para niños, hay que destacar el humor como uno de los motores de las primeras programaciones en los Estados Unidos. Te quiero Lucy, una comedia de situación, empieza a emitirse en 1951 y se mantiene en el primer puesto de los índices de audiencia durante las seis primeras temporadas, convirtiendo a su protagonista, Lucile Ball en una productora relevante, a cuyo trabajo en el sector se deben series como Star Trek, un mito de la ciencia-ficción a partir de los años sesenta. Otra serie de humor legendaria para los estadounidenses es El show de Bob Hope, un espacio procedente de la radio que empieza su andadura televisiva en octubre de 1952.

Sin embargo, el conflicto Cine-Televisión se soluciona cuando se entiende la complementariedad que se da entre los dos medios y, sobre todo, cuando los grandes Estudios cinematográficos comienzan a producir series y películas para televisión.

Así, a mediados de los años cincuenta, comienzan a emitirse series como Cheyene, Sugarfoot, Colt 45 y Rin–Tin–Tin (en 1955). Estas historias compartirán espacios en la programación con nuevas series como Superman, David Crockett (en 1957), y Los intocables (en 1959).

Los años cincuenta son un periodo de experimentación de formatos. El magazine de variedades queda consolidado con un espacio de la NBC, The tonight show, presentado por un magnífico humorista, Steve Allen. Empieza a emitirse el 27 de septiembre de 1954, conservando el liderazgo nocturno hasta que la CBS comienza a programar en 1993 Late show with David Letterman.

A la búsqueda de un espectador sentimental y menos sofisticado, surgen espacios como Queen for a day, un programa de la NBC que desde 1955 cumple los sueños de la mujer estadounidense media. Pero las teleseries ganan terreno en las programaciones: Furia (1955), aunque sólo permanece en antena cinco años, se convierte en un clásico; Bonanza (1959) se mantiene en antena catorce años; El Virginiano (1962) permanece nueve; Mi amigo Flipper (1964), que con apenas cuatro temporadas se ha conservado en la mente de toda una generación; y Batman (1966), inspirada en el cómic homónimo, da origen a una mercadotecnia extremadamente lucrativa.

La producción va en aumento y con ello el horario de emisiones. Las hasta ahora reducidas franjas horarias del atardecer, van ampliando su tiempo y añadiendo más en otros momentos del día –mañana y mediodía– con el fin de poder acoger todo lo que se está produciendo.

En los años sesenta, la sociedad televisiva, querámoslo o no, se va definiendo como generación a partir de algunos programas que van marcando una impronta. Cómo se puede entender, sino, el éxito de El show de Ed Sullivan (1948-1971), La ley del revólver (1955-1975), Perry Mason (1957-1966) y Misión imposible (1966-1973), todos ellos emitidos por la CBS.

Se empieza a hablar de consumo de imagen generalizado, fomentado por la competencia entre las cadenas e emisoras de televisión. En esta carrera sin fin, no obstante, se introducen una serie de elementos que, en principio, imperceptiblemente, y con los años, abusivamente, se impondrán en los programas de televisión como fórmula heredada de las imágenes filmadas –tanto por el cine como por la propia televisión–. Por un lado, la televisión –con más fuerza que el cine– comenzará a producir series y películas con las que se intenta internacionalizar un tema local –por ejemplo, el mundo del espionaje internacional y las actuaciones de la CIA–; véanse como referentes series como El agente de Cipol (1964), Superagente 86 (1965), Yo soy espía (1965) o la mencionada Misión imposible. Es el caso, también, de los temas violentos, como ingredientes gratuitos que funcionan a la hora de captar la audiencia que, a partir de ahora, como veremos seguidamente, se convertirá en mecanismo dinamizador de la programación televisiva.

Sin duda, entre los años cincuenta y setenta del siglo XX, se consolidan muchos de los géneros televisivos que, una vez que la publicidad determina los ingresos de cada cadena y los índices de audiencia comienzan a ser los protagonistas, muchos de estos géneros se irán desvirtuando, dando pie a una fórmula mixta que tenderá con los años a dejar abiertas las puertas a cualquier intromisión creativa que ya no sorprenderá, en absoluto, a los telespectadores.

 



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